Diciembre de 2025 encuentra al país, una vez más, girando sobre su propio eje. No es una metáfora caprichosa ni una exageración retórica: es la constatación de una repetición histórica que ya se volvió costumbre. Con Javier Milei en la Casa Rosada, La Libertad Avanza empujando fuerte en el Congreso y buena parte de los grandes medios alineados con el discurso oficial, la reforma laboral vuelve a presentarse como la gran solución a todos los males.
“Novedosa, moderna, imprescindible, casi inevitable“. El libreto es conocido. Tan conocido que, si uno rasca apenas la superficie, aparece una voz de hace más de tres décadas diciendo exactamente lo contrario. Esa voz es la de Tato Bores. Alguien a quien los medios de comunicación adoran “casi” siempre, pero esta vez, no.
Tato Bores, cronista de una repetición
El humorista, fallecido a mediados de los años noventa, dejó un archivo de 1993 que hoy suena “inquietantemente” actual.
En uno de sus monólogos, en plena década menemista, Tato desarmaba con precisión quirúrgica el argumento central del poder de turno: “La solución que el Gobierno nos ofrece es la reforma laboral para bajar el costo argentino. Verso, la reforma es para aumentar la ganancia del argentino piola”.
No hacía falta un doctorado en economía. Bastaba con mirar quién ganaba y quién perdía cada vez que se intentaban tocar los derechos de los trabajadores.
Distintos gobiernos, la misma receta
Más de tres décadas después, el escenario cambió de nombres, de estilos y de tonos, pero no de lógica ni de beneficiarios.
Milei habla de rigideces, de un mercado laboral “atrasado”, de la necesidad de atraer inversiones.
Menem hablaba de modernización.
La Alianza, hasta dejó para la posteridad el uso distópico de la palabra Banelco, en su afán de imponer la “imprescindible” reforma a las leyes de trabajo.
Macri, durante su gestión, insistía con la competitividad y el empleo del futuro. Antes, ya la dictadura había ido directo al hueso, con eufemismos y sin debates parlamentarios. A los despedidos les llamaba “prescindibles“.
Siempre el mismo punto de partida: los derechos laborales como obstáculo y no como conquista.
Tato también se detenía en otra idea que el poder suele usar como comodín, el famoso “costo argentino”. En aquel monólogo decía: “El costo argentino es que todo el mundo se quiere hacer rico en cinco minutos sin arriesgar nada y jodiendo al prójimo”.
La frase podría emitirse hoy, sin cambiar una coma, en cualquier programa de televisión que analice la actualidad. Porque la circularidad argentina no es solo económica o política, también es discursiva.
Cada vez que la derecha llega al poder, ya sea por vías armadas como en 1976 o por el voto popular como con Menem, Macri, De la Rúa o Milei, reaparece la misma receta. Se la vende como algo nuevo, casi revolucionario, cuando en realidad es una idea vieja, probada y fallida. Se trata de flexibilizar para que unos pocos ganen más, con la promesa de que ese derrame alguna vez llegará al resto… Spoiler: Nunca llega.
La repetición constante
En ese sentido, Tato Bores fue un adelantado en términos proféticos, y algo quizás más incómodo para el poder, fue un gran descriptor de la realidad. Supo leer patrones, identificar repeticiones y ponerlas en palabras simples, filosas y accesibles.
Por eso sus monólogos envejecen tan bien. Porque no hablaban de coyunturas aisladas, sino de estructuras profundas.
Hoy, mientras se vuelve a discutir una reforma laboral que apunta a debilitar indemnizaciones, facilitar despidos, rediseñar horarios de trabajo a beneficio del empresario, y correr al Estado de su rol de garante, la figura de Tato funciona como espejo. No idealizando el pasado, sino entendiendo que hay debates que la Argentina ya tuvo, ya enfrentó, y ya ganó.
La insistencia en presentar estas reformas como progresistas dice más del marketing político que de la realidad social.
Cambian los slogans, cambian los presidentes, cambian los canales que amplifican el mensaje (pero, por suerte, quedan los artistas). Lo que no cambia es el resultado. Más concentración de riqueza, más precarización y una promesa de prosperidad que siempre queda para después.
Un final conocido
Quizás por eso hoy molesta recordar este fragmento de Tato Bores. Porque en medio del ruido, del enojo y de la urgencia, su humor deja una verdad incómoda flotando en el aire.
En la Argentina, cada vez que dicen que la reforma laboral es inevitable, conviene desconfiar del envoltorio, mirar quién aplaude desde arriba y recordar que cuando la derecha promete futuro, los derechos “avanzan” hacia el pasado.

