El término revolución proviene del latín revolutio, «una vuelta». En la práctica sociopolítica involucra un cambio fundamental en la estructura del poder o la organización que puede tomar lugar en un período relativamente corto de tiempo , pero que en algunos casos también podría ser largo. Lo que consiguió el Papa Francisco en las últimas 24 horas puede suscribir ese concepto, y lo ubicaría como un revolucionario en la literalidad absoluta del significado.
Porque en sendas declaraciones la emblemática madre de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, y la dirigente de la Coalición Cívica y Juntos por el Cambio, Elisa Carrió, dieron vuelta 180 grados sus posicionamientos con respecto a la Iglesia Católica, y ambas a causa del mismo protagonista: el argentino Jorge Bergoglio, desde hace 9 años llamado Francisco.
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La titular de Madres de Plaza de Mayo evaluó así su encuentro con el Sumo Pontífice en el Vaticano, luego de tantos años de estar peleados.
Lo paradójico es que el domingo último, al unísono de este retorno a la grey católica de la histórica madre de Plaza de Mayo y luchadora por los derechos humanos alejada desde hacía décadas de la institución, se produjo la contracara con la dirigente política argentina más identificada desde toda su extensa trayectoria con la fe católica: Elisa Carrió.
A través de sus redes sociales, la referente de la principal coalición opositora manifestó sentir “vergüenza” ante las actitudes de Francisco y denunció “benevolencia” para con el mandatario Vladimir Putin.
Además, ratificó su decisión de no haber visitado el Vaticano.
“A la benevolencia del Papa con el criminal de guerra Putin, se le agrega la intervención a favor de Cristina y Capitanich, y la oscura Scholas”, apuntó Elisa Carrió.
Y continuó: “Deseo expresar públicamente mi vergüenza como católica por las actitudes del Papa Francisco, a quien conozco profundamente. Doy gracias a Dios por no haber pedido ni accedido a visitar el Vaticano desde que es Papa. Todo tiene un límite”.
Como si Dios hubiera hecho la señal de cambio en el equipo, el Papa Francisco con sus palabras y gestos, por un lado devolvió la fe a una creyente alejada como Hebe de Bonafini, y por otro se ganó el odio público de la referente política mas religiosa del país.
Si eso no es revolucionario, nada podría serlo.
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