El otoño en la Costa Atlántica bonaerense suele ser sinónimo de “calma chicha”, pero lo que está ocurriendo en el corazón de Necochea cruza la frontera de la tranquilidad estacional para meterse de lleno en la pesadilla de la recesión.
Un crudo registro fílmico, dividido en dos partes y difundido en redes por la cuenta local @juanitacalzadosok, encendió las alarmas y desató un debate inevitable sobre el verdadero estado de la economía real en el interior de la Provincia de Buenos Aires.
Las imágenes no mienten y el relato, cargado de una profunda impotencia, cala hondo. El panorama arranca un 20 de mayo cualquiera a las diez de la mañana en la emblemática Avenida 59. Lo que históricamente supo ser el motor comercial de la ciudad balnearia hoy se presenta como un desierto de cemento.
No hay autos en doble fila, no hay peatones apurados, no hay bolsas de compras.
Lo único que abunda son las hojas secas alfombrando veredas frente a vidrieras desmanteladas, carteles repetidos de “Alquila” o “Vende”, y persianas metálicas que cayeron para no volver a levantarse.
Postales de una ciudad fantasma
La crudeza del video original generó una oleada inmediata de repercusiones y un reproche predecible por parte de los eternos optimistas de comité: “Mostraste solo una calle”. Lejos de achicarse, la autora redobló la apuesta en una segunda parte demoledora.
Salió a registrar el centro en pleno horario bancario y comercial, entre las 12 y las 12:30 del mediodía, extendiendo el mapa del desastre. Desde la Avenida 59 casi 66, pasando por las esquinas de 62 y 65, hasta la calle 64. El diagnóstico fue unánime: la desolación es absoluta y sistémica.
El neologismo que ya empieza a masticarse con amargura entre los vecinos es letal: “Necrochea”. Una etiqueta maldita que define a la perfección a una ciudad atrapada en el estancamiento, donde los locales vacíos ya no son una excepción temporaria sino el paisaje definitivo.
Liquidaciones por cierre con descuentos desesperados del 40% intentan arañar los últimos pesos de un bolsillo local completamente pulverizado. Alguno puede pensar que se trata únicamente de persianas bajas, pero no. Detrás hay familias enteras que se quedan sin sustento y empleados que pierden su trabajo.
El pulmón de los que resisten
Lo más picante de la denuncia pública radica en el golpe de realidad hacia los discursos oficiales de reactivación. “Cuando veas a un emprendedor que te diga que está todo bien, no le creas, porque nada está bien”, dispara la voz en off con una honestidad brutal que desarma cualquier relato, incluso el “optimista” de ayer del Ministro de Economía Luis Caputo.
La empresaria textil describe que sostener un negocio hoy se hace estrictamente “a pulmón”, resistiendo embates impositivos y tarifarios en un contexto donde el consumo interno directamente desapareció del mapa bonaerense.
El cuadro golpea todavía más por tratarse de una de las ciudades balnearias históricas de la provincia.
Necochea, que durante décadas fue símbolo de temporadas multitudinarias y movimiento comercial constante, y en invierno se jactaba de su pujante entramado poblacional estable, hoy exhibe una postal inversa con calles semivacías, comercios apagados y una sensación de resignación que empieza a instalarse peligrosamente como parte de la rutina.
Una postal que incomoda
Al caer el sol, el documento audiovisual cierra su secuencia a las 19:30 con una toma nocturna escalofriante. La avenida principal iluminada, pero completamente vacía, ratifica el mote de “ciudad fantasma”.
Mientras la política discute superávits macroeconómicos en despachos calefaccionados, el termómetro comercial de Necochea marca un cero absoluto.
El video funciona como un cachetazo de realidad desde el territorio con una radiografía dolorosa de la Provincia profunda que pelea con los dientes, contra viento y marea del plan económico nacional, para no terminar de transformarse en un cementerio de proyectos.

