El mundo tal como lo conocías ya no existe más: muchas de tus certezas, libertades y lo que creías posiblemente deje de ser así. Todo gracias a un microorganismo al que ni siquiera podes notar a simple vista. Luego de muchísimos años en los que te convenciste de que nada ni nadie podría con tu autodeterminación, libre albedrío, deseos, impulsos y dinero un DeLorean biológico puede terminar con todas esas convenciones y fantasías que habíamos creado.
En Wall Street y las principales capitales financieras dejaron de dormir. El primer estornudo de un comerciante en Wuhan voló el castillo bursátil mundial de plumas y sacó a miles de “inversores y operadores de bolsa” del transe que habían creado, desmoronó su fantasía y dejó al descubierto algo que aún nadie tiene claro.
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Cuando nadie tiene claro algo uno de los primeros movimientos es el de intentar anclar el barco en lo conocido: situarse en alguna vieja fantasía que alguna vez funcionó. Como la que asomaba su nariz con cada inmigrante muerto en las puerta de Europa hace tres meses: una utopía que aún mueve a millones a lo largo y ancho del planeta. Que mostró su esplendor tras la Segunda Guerra Mundial en Occidente: Churchill, Perón, Truman, Welfare State o Estado Benefactor. Y en Oriente, el Estado socialista y comunista. Un Estado que daba certezas, una sociedad civil estructurada, diferenciada pero homogénea. La argamasa de macro relatos que unían las mentes de millones, un paraguas simbólico claro y explícito con límites a la individualidad.
Hasta hace muy poco la inmensa mayoría de las instituciones, normas, códigos y horizontes de expectativas instalados en las mentes de las personas aún tiene que ver con ese Estado que ya no era(?). Ni el más sólido de los mega relatos de la modernidad podrían haber imaginado que a principios de la década del 90 hubiese existido un consenso casi tácito en torno a que lo central iba a llegar a ser el deseo del individuo; aunque, y de modo casi paradójico, al mismo tiempo también lo central también estuviese afuera: la razón económica, el mercado. Una entelequia que todo lo regula y que nos hizo creer que todo lo regulamos nosotros. Lo contrario a ese Estado que ya no era.
Eppur si muove, refunfuñó el terco de Galileo Galilei mientras abjuraba de su teoría ante la Santa Inquisición. Un Estado que ya no era porque aún ese complejo simbólico que reguló nuestra forma de vida durante casi treinta largos años hoy vuelve a ser eficaz. Hoy, 20 de marzo del 2020, cuarentena obligatoria a través de la que la inmensa mayoría de las mentes pueden comprender el sentido de ese gran Otro ordenador que ya no es el Mercado.
Cualquier manual de teoría política establece que sólo con la coerción o el temor a ser restringido físicamente no es posible ordenar una sociedad. Es preciso una caja negra simbólica que articule valores, teorías, símbolos y los sitúe en una historia, un relato que enlace, a su vez, con algún mito para poder gobernar las diferenciadas mentes de los miles de grupos sociales y millones de individuos que componen la sociedad.
La pandemia del coronavirus conjuró con su mantra micro el paroxismo neoliberal macro de la individualidad: el virus detiene su daño sólo si los individuos actúan de modo colectivo. Un símbolo ordenador proviene del mundo biológico.
Hay pocos elementos seguros en esa nueva narrativa: estamos ante el fin de las certezas que conocíamos, una hecatombe económica asolará durante muchos años, aún es legítimo el Estado Nación de la modernidad, la mayoría de los gobiernos practica el juego de la Oca, los organismos internacionales son impotentes frente al repliegue caleidoscópico de los Estados; aunque también asoman ejemplos como el de Cuba y China con una ética solidaria y seductora. Algo es seguro, ya nada es lo que era ni será lo iba a ser. “Con la frente marchita” hemos subido juntos al DeLorean para volver y probar en los próximos meses y años mitos, teorías, símbolos y valores que le den forma a un nuevo relato.
El autor es docente en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata.
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