En medio de una suba sostenida e irracional del precio de la carne vacuna, una idea comenzó a repetirse con insistencia entre los productores del campo y los políticos del país: el problema no sería el valor del producto, sino “la costumbre cultural de consumirlo con frecuencia”, y pensar que “la carne es un derecho de la población y debería estar muy accesible“.
La última voz en instalar ese concepto fue la de Santiago Debernardi, un empresario ganadero que generó polémica con declaraciones realizadas en un podcast en las últimas horas.
“El problema en Argentina no es que la carne esté cara o barata, sino que la concepción de la gente es que la carne es un derecho obligatorio de la población”, sostuvo.
Según su planteo, en el país existe una expectativa cultural de que la carne roja sea un alimento accesible y cotidiano, algo que, desde su perspectiva, no coincide con la realidad mundial.
Debernardi profundizó esa idea al afirmar que la gente cree equivocada que “la carne roja debería ser algo barato y que tiene que estar muy accesible”, pero que a nivel internacional en realidad se trata de una proteína costosa y de alto valor.
“A nivel mundial las carnes rojas son proteínas de alto valor y como tienen un alto valor para hacerlo, son realmente mucho más costosas de lo que la gente en general puede acceder”, explicó.
Sus palabras aparecieron en un momento particularmente sensible: el precio de la carne vacuna en Argentina viene registrando aumentos que superan ampliamente el promedio de la inflación, mientras el consumo interno continúa en caída.
Exportaciones récord y consumo en retroceso
El contexto económico ayuda a entender por qué estas declaraciones generan tanto ruido. En los últimos meses, el mercado de la carne se orientó cada vez más hacia la exportación.
En 2024 el país superó las 935 mil toneladas exportadas, una de las cifras más altas de las últimas décadas, y en 2025 las ventas externas generaron ingresos récord por 3.700 millones de dólares impulsadas por la demanda internacional y mejores precios.
Al mismo tiempo, el consumo de carne en Argentina cayó a niveles históricamente bajos. En 2025 el promedio anual se ubicó en 47 kilos por habitante, uno de los registros más bajos en treinta años.
Ese contraste alimenta el debate: mientras la carne argentina gana valor en los mercados externos, cada vez resulta más difícil de pagar para los propios argentinos.
Sin embargo, Debernardi relativizó esa relación entre exportaciones y precios. “En Argentina la gente cree que la carne está cara porque se exporta mucho”, afirmó. Y agregó: “Argentina no exporta una gran cantidad de carne y el valor está dado por el costo que tiene producirla y por la demanda”.
El argumento intenta desplazar el eje de la discusión desde las políticas económicas hacia una supuesta “percepción equivocada del consumidor”.
“Si no podés comprar carne, comé pollo”
El propio Debernardi reconoció que su forma de expresarse generó repercusiones. “Yo tengo una manera de hablar bastante incisiva”, admitió. Y explicó que su frase más difundida surgió cuando planteó una alternativa alimentaria: “En el mundo si no podés acceder a la proteína bovina accedés al pollo o accedés a otras proteínas que también son excelentes alimentos, pero no es la carne”.
Según él, ese comentario fue interpretado de manera exagerada. “En el ambiente en el que nosotros nos movemos habitualmente, creo que se dice bastante, y en otros ambientes la gente se cuida mucho más al momento de declararlo”, sostuvo como explicando porque él “tiene la posta”.
Pero el debate no gira únicamente alrededor del tono de una frase. Lo que aparece detrás es un cambio cultural que busca naturalizar y justificar el encarecimiento de un alimento históricamente central en la dieta argentina.
Una narrativa que ya se escuchó antes
La idea de que los argentinos “vivían por encima de sus posibilidades” no es nueva.
En 2016, el entonces presidente del Banco Nación, Javier González Fraga, afirmó que durante el kirchnerismo se le hizo creer a la población que podía “comprar celulares y viajar al exterior” con los ingresos de “un empleado promedio”.
Hace días, el ex presidente Mauricio Macri comparó la vida actual de los sectores pobres con la de un rey de hace cien años para sostener que el nivel de vida global había mejorado, y un pobre de hoy vive mejor que la realeza del siglo 19.
Más recientemente, el senador libertario Francisco Paoltroni también se sumó a ese discurso al afirmar que “comer un ojo de bife era comparable con tener una Ferrari“.
Las declaraciones de Debernardi se inscriben en esa misma lógica, la de una narrativa que desplaza el foco desde las decisiones políticas hacia los hábitos sociales.
En lugar de discutirse por qué un alimento básico se vuelve inaccesible, la discusión pasa a ser si los argentinos estaban “mal acostumbrados”.
En un país históricamente identificado con la carne vacuna, la pregunta de fondo empieza a cambiar, ya no es sólo cuánto cuesta el asado, sino quién podrá pagarlo…y quizás parafraseando al Chapulín colorado, “quien podrá defendernos” desde los medios y las redes para que no termine imponiéndose este relato.

