En medio de la caída del consumo y el debate sobre el poder adquisitivo en la Argentina, una frase del senador Francisco Paoltroni provocó un rechazo generalizado que excede lo coyuntural y remite a una idea más profunda sobre cómo ciertos sectores políticos de la derecha argentina conciben la sociedad, el consumo y el estándar de vida de la población.
Al referirse al retroceso en el consumo de carne vacuna, Paoltroni sostuvo que “comer un ojo de bife es como andar en un Ferrari, es un lujo”.
Equiparar un alimento históricamente central en la mesa argentina como la carne con un bien de altísima gama como ese tipo de vehículo, colocó el punto en qué cosas exactamente se consideran básicas y cuales se entienden como privilegios.
El lujo redefinido
Más allá de la literalidad de la frase, el planteo introduce una noción típica de ese sector político, como es la de aceptar normalidas en que amplios sectores de la población, de repente resignen consumos que durante décadas formaron parte de su vida cotidiana.
En esa lógica, la carne deja de ser un alimento accesible y pasa a integrarse en una categoría de “bienes excepcionales”, reservados para quienes pueden pagarlos, no para cualquier trabajador.
Esta mirada no surge de manera aislada ni es exclusiva del actual escenario político. Por el contrario, se inscribe en una tradición discursiva de estos sectores ideológicos, que suelen relativizar las condiciones materiales presentes apelando a comparaciones históricas o a la idea de que ciertas aspiraciones son excesivas.
Frases que se repiten
En esa misma línea se inscriben declaraciones del expresidente Mauricio Macri, quien hace apenas días atrás afirmó que “un pobre de hoy vive igual o mejor que un rey de hace 100 años”. La frase, presentada como una referencia al avance tecnológico y a ciertos servicios modernos, fue leída por todos como una minimización de las carencias reales que atraviesan millones de personas.
Algo similar ocurrió en 2016 con el economista y ex director del Banco Nación, Javier González Fraga, cuando sostuvo que “le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse un iPhone y viajar”. En ese enunciado quedó condensada la idea persistente de que el consumo de la clase media no responde a derechos o mejoras genuinas, sino a una ilusión fomentada artificialmente.
Tomadas en conjunto, estas expresiones revelan una misma matriz conceptual. Ya sea al hablar de carne, de comodidades, de tecnología o de viajes, subyace la noción de que ciertos bienes no deberían formar parte de la vida de la mayoría, sino mantenerse como excepciones para las personas más acomodadas.
La idea fuerza parece ser mas que una “frase desafortunada” o a una comparación exagerada. Lo que queda expuesto es una concepción de la sociedad en la que el ajuste de expectativas aparece como algo natural y necesario, y donde el bienestar se redefine siempre hacia abajo.
Discutir estas ideas implica discutir también qué modelo de país se considera deseable, para quiénes y para cuántos.

