Un 9 de septiembre, hace 45 años, moría en su ciudad por elección, La Plata, Ricardo Balbín. Tenía 77 años y había sido internado por complicaciones cardíacas y respiratorias, agravadas por décadas de fumar más de un atado y medio de cigarrillos rubios sin filtro por día.
Fue en una clínica de la ciudad donde el histórico dirigente radical dio su último suspiro, después de más de medio siglo dedicado a la política argentina.
La Plata no fue un destino cualquiera para Balbín. Llegó a los 18 años, desde la Capital Federal, a donde había nacido. En 1922, arrastrado por el clima de movilización estudiantil que se vivía en la ciudad se afilió a la Unión Cívica Radical. Se anotó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata, se recibió de abogado en 1927 y, aunque ejerció poco la profesión porque la política le ocupó la vida entera, siempre se refirió a esta ciudad como “mi ciudad”. También se hizo hincha de Gimnasia y Esgrima.
Preso por levantar la voz
Su oposición a Juan Domingo Perón fue frontal desde el primer momento y le costó la cárcel en dos ocasiones: la primera entre 1949 y 1950, después de que le quitaran los fueros como diputado nacional, y la segunda en 1954.

Indultado en 1951, integró ese año la fórmula presidencial radical junto a Arturo Frondizi, que perdió frente al peronismo. Fue candidato a presidente en cuatro oportunidades (la mencionada de 1951, en 1958 y las dos elecciones de 1973) y ninguna lo llevó a la Casa Rosada.

La ruptura con Frondizi llegó a mediados de los cincuenta, cuando el radicalismo se partió entre los intransigentes que siguieron a Frondizi y los que se agruparon bajo la Unión Cívica Radical del Pueblo. Balbín encabezó esa segunda rama y presidió su comité nacional desde 1959 hasta el día de su muerte.
El abrazo con el viejo enemigo
Con los años, el enconado antiperonismo de Balbín mutó en gesto de reconciliación.
En noviembre de 1972 protagonizó un abrazo con Perón que quedó como una de las postales políticas más recordadas del siglo XX argentino y que se enmarcó en su impulso a La Hora del Pueblo, la coalición que buscaba una salida institucional a la proscripción del peronismo.

Cuando Perón murió, en julio de 1974, fue Balbín quien pronunció el discurso de despedida en el Congreso: “Este viejo adversario despide a un amigo”.
De la dictadura a la Multipartidaria
El golpe de marzo de 1976 lo encontró del lado de quienes buscaban una salida democrática, aunque no sin costos: las Madres de Plaza de Mayo lo increparon con gritos de “asesino” cuando fue uno de los primeros dirigentes en admitir públicamente que los desaparecidos estaban muertos.
En 1980, ya con la salud deteriorada, impulsó la Convocatoria Multipartidaria, que en julio de 1981 reunió a la UCR, el Partido Justicialista, el Partido Intransigente, la Democracia Cristiana y el MID para reclamar la democratización del país.

La tapa que violó su intimidad
La revista Gente publicó en su tapa una fotografía de Balbín agonizando en la sala de terapia intensiva donde estaba internado, tomada sin su consentimiento ni el de su familia.

Su viuda, Indalia Ponzetti, y uno de sus hijos llevaron el caso a la Justicia contra Editorial Atlántida. En diciembre de 1984 la Corte Suprema falló a su favor en la causa “Ponzetti de Balbín, Indalia c/ Editorial Atlántida S.A.”, un fallo que quedó como precedente central del derecho argentino: la libertad de prensa tiene un límite en la intimidad de las personas, incluso cuando se trata de figuras públicas.
El entierro de Balbín se convirtió en un acto político multitudinario. Entre los cánticos que reclamaban el fin de la dictadura militar, sus restos llegaron al cementerio de La Plata, donde descansan hasta hoy.

La ciudad conserva varias marcas de esa historia: la autopista que la conecta con Buenos Aires lleva su nombre, y en la Universidad Nacional de La Plata funciona la Cátedra Libre Ricardo Balbín, que sigue llevando su memoria a las aulas donde alguna vez él mismo fue estudiante.

