La violencia institucional puso en jaque las garantías individuales y los derechos humanos más elementales, como en la época de la dictadura. Lo que debía ser un tranquilo retorno a la ciudad de La Plata después de haber festejado el cumpleaños de su madre terminó transformándose en una pesadilla insostenible de persecución, asfixia y torturas físicas.
El protagonista de este trágico episodio es Lautaro Ruiz, un profesional de la música en la capital bonaerense que sintetiza en su perfil el compromiso cultural y docente de la región. “Buenas tardes. Mi nombre es Lautaro. Soy profesor y licenciado en música popular. Hice un doctorado en artes. Eh, soy fotógrafo, soy Luthier”, se presentó el joven a través de un desgarrador video difundido en sus redes sociales para explicar por qué debió suspender temporalmente sus actividades habituales.
Ruiz encabeza el taller de reparación de instrumentos conocido como El Taller de Lucifer, ubicado en la calle 65 N° 666 de La Plata, donde combina su labor técnica con la enseñanza de la música popular. Sin embargo, su trayectoria académica en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) no lo libró del accionar arbitrario de las fuerzas de seguridad pampeanas durante la noche del pasado domingo.
Un entredicho absurdo por una guitarra
El conflicto estalló alrededor de las 22 horas en la terminal de micros de Santa Rosa, La Pampa. Ruiz se disponía a abordar una unidad de la empresa Plusmar para emprender el regreso hacia la capital de la provincia de Buenos Aires.
Al llevar consigo un instrumento valioso perteneciente a un cliente, intentó ingresar a la cabina de pasajeros para evitar despacharlo en la bodega, temiendo que pudiera sufrir daños irreversibles. Según explicó el docente, se trataba de una práctica habitual en sus viajes de trabajo. La negativa inflexible del empleado del transporte escaló de manera innecesaria, motivando la presencia inmediata del personal policial.
Lejos de actuar como un mediador pacificador, según cuenta la víctima, el representante policial irrumpió con un nivel de agresividad desmedido. Ante la escalada del conflicto, Ruiz intentó registrar lo que sucedía con su dispositivo móvil para desescalar la tensión.
De acuerdo con su relato testimonial en primera persona, frente a cámara y con las evidentes secuelas de haber sido golpeado, el músico explica que les sugirió: “vamos a bajar un cambio y voy a sacar mi teléfono y voy a grabar”. Lejos de aplacar los ánimos, una efectiva policial reaccionó de forma violenta, quitándole y rompiéndole el aparato telefónico.
Instantes después, la escena adquirió un matiz aún más sombrío cuando las autoridades comenzaron a increparlo. Los uniformados empezaron a acusarlo a viva voz al grito de “violencia de género, violencia de género”, generando un estado de temor descontrolado en el docente, quien padece cuadros de ansiedad y ataques de pánico.
Aturdido por lo que él explica era una flagrante mentira y temiendo por su integridad física, el joven decidió huir corriendo. Gracias a que practica atletismo desde los ocho años, logró distanciarse momentáneamente de los policías, lo que (según su visión) enfureció todavía más a los agentes.
Asfixia, trompadas e infierno en la comisaría
Buscando resguardo en una vivienda del sector, Ruiz intentó ocultarse de la cacería. No obstante, dos efectivos policiales irrumpieron en el lugar y comenzaron a agredirlo de manera implacable. En sus propias palabras, el platense recordó el desgarrador momento: “me escondí en una casa y bueno, me agarraron y me ‘acribillaron’ ahí entre dos”.
La brutalidad del ataque no tuvo frenos. Mientras uno de los uniformados le propinaba puñetazos directos en la cara, su compañera atinó a exclamar: “Pará, no le peguen en los ojos”.
Acto seguido, la misma agente lo sometió colocándole la rodilla sobre la garganta, aprisionándolo fuertemente contra el suelo e impidiéndole respirar durante aproximadamente un minuto completo. “Pensé que ahí me iba a matar y no me mató”, rememoró entre lágrimas el luthier, al evidenciar el peligro mortal al que estuvo expuesto.
Pocos minutos más tarde, el operativo se incrementó con la llegada de otros ocho policías que continuaron con la paliza multitudinaria en las cercanías de una plaza. Ruiz explica que fue pateado sin piedad durante más de diez minutos antes de ser introducido a la fuerza en un patrullero.
El calvario que narra en el video en sus redes sociales no concluyó con el traslado hacia la Seccional Primera de la ciudad de Santa Rosa. Dentro de la jefatura policial, las agresiones adquirieron un carácter sistemático y abrumador.
“Me siguieron recagando bien a trompadas ahí en la jefatura y casi hasta con elemento de tortura te diría”, denunció Ruiz en su testimonio audiovisual, mostrando las visibles hematomas en el rostro, especialmente en su ojo derecho.
El docente relató que lo obligaron a adoptar posturas corporales extremas mientras le aplicaban rodillazos en la columna vertebral y le saltaban sobre las costillas. Según su descargo, los policías incurrieron en un sadismo desmedido: “con la premisa de violencia de género me reventaron los ojos, me reventaron los pulmones porque me saltaban arriba de las costillas y se reían”.
La respuesta del arte frente a la barbarie
Tras recuperar la libertad, el doctor en Artes formalizó las denuncias correspondientes ante las autoridades judiciales para exigir la identificación urgente de todos los oficiales involucrados en las torturas. A pesar de los severos daños traumáticos, emocionales y físicos sufridos, Ruiz apeló a una profunda reflexión sobre el rol de las instituciones armadas y la necesidad de organización comunitaria ante el cinismo policial.
En un fragmento de su descargo, el luthier contrapuso la violencia destructiva de sus agresores con el trabajo constructivo que desarrolla a diario en La Plata. En ese marco, aseveró: “igual me van a tener que golpear bastante más porque ellos son débiles. Ellos son débiles. Lo único que saben hacer es pegar porque no saben pensar”.
El docente platense reafirmó su compromiso ético y pedagógico con la sociedad, asegurando que esta experiencia traumática no torcerá su vocación transformadora. “yo voy a seguir haciendo lo que hago que es ayudando a los peques a crecer sanos, ayudando a la gente grande a poder tener una vida linda”. Asimismo, expresó su inmenso alivio por haber sobrevivido a semejante infierno: “estoy contento por mi familia de que no me morí y pude volver a mi casa”.
La causa por apremios ilegales y torturas ya se encuentra radicada en la Justicia, mientras la comunidad académica y cultural de La Plata exige respuestas inmediatas a las autoridades de La Pampa ante semejante muestra de barbarie institucional.

