La discusión venía creciendo como una bomba de tiempo. Palabras cruzadas y un límite invisible que, con el correr de los días, se transformó en una frontera de odio. En Pilar, una simple medianera terminó convirtiéndose en el escenario de un crimen brutal.
Matías Damián Gorosito tenía apenas 20 años. Ese día, pala en mano, trabajaba en el fondo de su casa. Cavaba pozos para colocar troncos y marcar, de una vez por todas, hasta dónde llegaba su terreno. No estaba armado, no discutía, no gritaba. Solo trabajaba.
Del otro lado del alambrado, su vecino lo miraba.
Walter Javier González Samaniego, de 29 años, llevaba el enojo atravesado en la cara. Según reconstruyeron los investigadores, la tensión entre ambos venía de arrastre. La línea divisoria entre las propiedades era una herida abierta que nunca terminó de cerrar. Y esa tarde, la violencia cruzó el punto de no retorno.
Un disparo seco rompió la calma del barrio.
La bala salió disparada desde el terreno lindero y le dio a Matías en pleno pecho. Cayó al suelo sin entender qué había pasado. La sangre empezó a manchar la tierra que minutos antes estaba removiendo con esfuerzo. Cuando los familiares llegaron corriendo, ya era tarde: el joven agonizaba frente a sus propios ojos.
La ambulancia tardó pocos minutos, pero la muerte fue más rápida.
Cuando la policía llegó a la escena, encontró al presunto autor todavía en la zona. No huyó. No se escondió. Eligió otra estrategia: inventar una historia.
“Estaba cazando palomas y se me escapó el tiro”, dijo, con una frialdad que heló a los efectivos.
La explicación sonó tan absurda como ofensiva. Ninguna paloma apareció muerta. Ningún disparo al aire. Solo un joven sin vida tendido en su patio. Los investigadores miraron el lugar, la posición del cuerpo, la trayectoria del proyectil. Todo indicaba lo mismo: no fue un accidente. Fue un ataque. Horas después, un testigo terminó de hundirlo.
Según su declaración, González Samaniego apuntó directamente hacia donde estaba Matías y disparó tras una discusión. No hubo tiros al cielo ni perdigones perdidos. Hubo un blanco claro y una bala mortal. Así, la coartada se desplomó como un castillo de naipes.
El barrio quedó paralizado por el horror. Vecinos que hasta ayer compartían saludos ahora caminan con miedo. Nadie puede creer que una pelea por unos metros de tierra haya terminado en un asesinato a sangre fría.
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Mientras tanto, la familia de Matías llora a un pibe trabajador, conocido en la cuadra por dar una mano a quien lo necesitara. “No era problemático, no buscaba peleas”, repiten, con la voz quebrada.
Del otro lado, un hombre detenido, una versión insostenible y una causa que ya se encamina como homicidio agravado.
En Pilar, una medianera dejó de ser una línea divisoria. Se transformó en la frontera trágica entre la vida y la muerte.

