Lucas tenía apenas 12 días de vida. Su mamá lo llevaba en brazos mientras acompañaba a su otro hijo, de 5 años, hasta el Jardín de Infantes N.º 949, en la calle Conesa entre Mitre y Sarmiento, en Quilmes. En cuestión de segundos, una fruta que cayó desde uno de los árboles ubicados frente al establecimiento provocó una tragedia que nadie podía imaginar.
El impacto fue directo en la cabeza del recién nacido. El bebé sufrió fracturas y hemorragias y debió ser trasladado al Sanatorio de la Trinidad de Quilmes, donde permaneció internado durante varios días pero finalmente murió.
La escena que terminó con la vida del pequeño resulta tan inusual como difícil de asimilar: no hubo un accidente de tránsito, una caída desde altura ni una situación de violencia. El golpe que desencadenó la tragedia fue provocado por una palta que se desprendió de un árbol situado en la vereda.
Pero detrás de esa aparente fatalidad comenzó a aparecer otra pregunta: ¿era realmente imposible prever el riesgo que representaban esos árboles?
Los reclamos que ahora quedaron en el centro de la investigación
La madre del bebé sostuvo ante la Policía que tanto vecinos como integrantes de la comunidad educativa habían advertido previamente sobre el estado de los árboles ubicados frente al jardín.
Según su relato, desde el establecimiento se habían presentado reclamos ante el Municipio para solicitar la poda y el mantenimiento de los ejemplares. La mujer aseguró que existían expedientes iniciados desde el año pasado y que también se habían producido otros accidentes en el lugar.
La situación adquiere especial relevancia porque, de acuerdo con lo que contó la madre, frente al jardín había tres árboles cuyas ramas ocupaban buena parte del sector de ingreso. También afirmó que las paltas podían superar el kilo de peso.
Nada de eso permite, por sí solo, establecer una responsabilidad. Pero sí forma parte de las circunstancias que deberán ser analizadas para determinar si existieron advertencias previas que no fueron atendidas y si el peligro podía haber sido detectado antes de que ocurriera la tragedia.
La propia madre apuntó contra esa posible falta de respuesta. Después de la muerte de Lucas, según aseguró, personal municipal concurrió al lugar y realizó trabajos de poda.
Para la familia, esa intervención posterior constituye un dato difícil de ignorar: los árboles que antes habían sido señalados como un problema fueron intervenidos después de que una fruta caída provocara la muerte de un bebé.
La investigación permitió reconstruir cómo una organización integrada por presos de tres unidades penitenciarias utilizaba celulares para contactar víctimas y coordinar estafas. También quedó bajo investigación su presunta conexión con entraderas.
Una cadena de hechos que terminó de la peor manera
La tragedia también quedó atravesada por las dificultades posteriores al golpe. La madre contó que junto con otras personas y docentes realizaron llamados al 911 y a los Bomberos para pedir asistencia.
Según su relato, transcurrieron alrededor de 30 minutos y finalmente fue el padre del bebé quien trasladó a Lucas hasta el sanatorio, porque, de acuerdo con lo que manifestó la mujer, el SAME no contaba con los elementos necesarios para atender al recién nacido.
Ese aspecto también deberá ser establecido con precisión y forma parte de las circunstancias que rodearon las últimas horas del bebé.
Lucas permaneció internado hasta que murió el domingo. Tenía solamente 12 días.
La Justicia inició una investigación que fue caratulada como “lesiones culposas” y quedó a cargo de la UFIJ N.º 9 de Quilmes. El expediente deberá determinar qué ocurrió con el árbol, si existían antecedentes de reclamos, quién tenía responsabilidad sobre su mantenimiento y si hubo alguna conducta negligente o imperita que haya contribuido al desenlace.
Por ahora, la muerte de Lucas se presenta como una tragedia extraordinaria, de esas que parecen producto de una combinación inexplicable de circunstancias. Pero el dato de los reclamos previos abre una discusión inevitable: cuando un peligro ya fue advertido, la frontera entre la mala suerte y un accidente que pudo evitarse empieza a ser mucho más difícil de establecer.


