Cuando todavía España se estremece por la tragedia ferroviaria de Adamuz, en Córdoba, este martes Cataluña vivió un nuevo sobresalto en sus vías. Un tren de la red Rodalies chocó contra un muro que se desplomó sobre las vías entre Gelida y Sant Sadurní d’Anoia, en la provincia de Barcelona, dejando al menos un muerto (el maquinista) y 37 heridos, cuatro de ellos graves.
El accidente se produjo en medio de la borrasca Harry, que ha dejado intensas lluvias en la región durante las últimas 24 horas. La caída del muro sorprendió a los pasajeros y generó un operativo de emergencia masivo: 20 ambulancias, 38 dotaciones de bomberos con 71 efectivos y personal de los Mossos d’Esquadra trabajaron en el rescate y la asistencia de los heridos, quienes ya fueron evacuados.
Pero la jornada trajo un segundo sobresalto: otro tren, en la línea R1 entre Blanes y Maçanet, descarriló tras la caída de rocas sobre la vía. Solo viajaban diez pasajeros y no se registraron heridos, aunque el servicio fue suspendido temporalmente mientras se retiraban los obstáculos y se revisaba la infraestructura.
Los incidentes ocurren en un contexto de alta sensibilidad tras el choque mortal de dos trenes de alta velocidad el pasado domingo en Adamuz, que dejó más de 40 muertos y decenas de heridos. La repetición de hechos graves en apenas tres días refuerza la atención sobre la seguridad en la red ferroviaria española y sobre cómo las condiciones climáticas extremas pueden agravar los riesgos.

