La tarde del martes 20 de enero no fue una más en Mar de Cobo, la localidad cercana a Santa Clara del Mar en el partido bonaerense de Mar Chiquita. En silencio, sin anuncios previos ni despliegues mediáticos, Mirtha Legrand llegó en auto hasta este pequeño paraje de la costa de la Provincia de Buenos Aires, para volver a pisar un lugar que la conecta con una de las heridas más profundas de su vida: la muerte de su hijo “Danielito” Tinayre.
La conductora, que se encuentra instalada en Mar del Plata con una agenda cargada entre compromisos laborales, salidas teatrales y encuentros sociales, se hizo un espacio para ser trasladada unos 30 kilómetros y reencontrarse con la plazoleta que lleva el nombre de su hijo. No fue una visita protocolar ni oficial, sino que fue, una vez más, un gesto íntimo.

Una plaza nacida del dolor
La historia de ese espacio verde se remonta a 2008, cuando Mirtha decidió donar dos terrenos que habían sido adquiridos por su hijo Daniel con la idea de construir allí una casa de veraneo. El proyecto personal quedó trunco tras su fallecimiento, pero la madre transformó esa ilusión en un acto colectivo, al colaborar con esa donación, en generar un lugar abierto para la comunidad.

Así nació la plazoleta, hoy señalizada con un cartel que la define como “Plazoleta donde juegan niños y ángeles”. Una frase que resume el espíritu del lugar y que con el correr de los años se volvió parte del paisaje emocional del pueblo. Para los vecinos, es un espacio recreativo pero además es un sitio de memoria.
Desde entonces, Mirtha Legrand suele visitar Mar de Cobo cada vez que se encuentra en la zona. No siempre trasciende, pero su presencia nunca pasa desapercibida. La figura pública se diluye y aparece la madre, caminando despacio, observando, recordando, tal vez reflexionando sobre su zizsagueante relación con aquel hijo al que no le aceptó su elección de vida.

El regreso de una madre
La visita de ayer tuvo un peso particular. No hubo discursos ni fotos oficiales, pero sí un impacto fuerte en la comunidad local, que volvió a ver a Mirtha recorriendo el lugar que su hijo soñó habitar. En un pueblo donde todo se sabe rápido, el paso de la diva fue tema inevitable.
Lejos del ruido y la exposición que marcan sus casi 90 años vida pública (siempre repite que su carrera comenzó a los 14 años), este gesto volvió a mostrar una faceta menos conocida de Mirtha, como es la de una mujer que sostiene el recuerdo, quizás culposo, a través del tiempo y lo transforma en algo tangible.

En ese rincón tranquilo de la costa bonaerense, donde el verano avanza probablemente sin tantas estridencias como en su vecina “La Feliz”, la presencia de Mirtha funciona como una pequeña revolución emocional.

