“El mayor fenómeno de resistencia”. Esa podría ser la definición de lo que Pompeyo Audivert hace cada vez que se sube a las tablas para encarar Habitación Macbeth, cada martes de enero y febrero en el Teatro Tronador de Mar del Plata. Allí, sólo él, encarna a todos los personajes de la tragedia de Shakespeare, en una suerte de exorcismo teatral que deja al público sin aliento.

“Siento que el teatro es un lenguaje sagrado que hoy está siendo asediado por una cultura de la transparencia y la velocidad que nos vacía. Actuar no es representar un papel, es dejar que otras fuerzas hablen a través de uno, es desmitificar esa identidad de cartón que nos venden todos los días”, reflexiona sobre su método de trabajo.
“Es una zona de libertad que no puede ser capturada”, cuenta Pompeyo con la seguridad de quien sabe que el teatro es, ante todo, un hecho político. Si nos detenemos a pensar un minuto, su técnica consiste en ese desdoblamiento rítmico que trata de transmitir un mensaje crítico sobre la condición humana y las ambiciones de poder. Algo no tan alejado de la resistencia cultural que históricamente ha marcado a los artistas argentinos.
Al igual que los grandes monologuistas de nuestra historia, Pompeyo entiende que el arte no es un adorno. “Se ponen de moda ciertos razonamientos, pero la diferencia de opiniones siempre existió. El teatro permite que el disenso se vuelva poesía”, reflexiona. En un contexto donde la tecnología parece devorarlo todo, él apuesta por lo analógico, por el sudor y el presente.
“Estamos viviendo una época donde la realidad parece un simulacro, una puesta en escena de los poderes económicos. El teatro es el único lugar donde todavía podemos mirar al fantasma a la cara sin filtros de Instagram. Es un choque de frente contra lo que somos”, dispara con la lucidez de un cronista de época.
Habitación Macbeth es ya una de las grandes propuestas teatrales de la temporada de verano 2026 en el Teatro Tronador de Mar del Plata. Con dirección y actuación de Audivert y puesta musical a cargo de Claudio Peña, la obra propone una experiencia teatral profunda, de gran impacto visual y sonoro. Durante 90 minutos, transita por temas universales como el poder, la ambición, la violencia y la identidad, y esto reconfirma la vigencia del clásico shakesperiano en todos los tiempos y contextos.
Quienes se acerquen a verlo comprobarán que su unipersonal es, en realidad, una multitud. En su interpretación se burla de la linealidad. Pompeyo hace un recorrido que deja ver que los fantasmas del poder -esos que Shakespeare describió hace siglos- siguen caminando entre nosotros.
El hambre de ficción
Esa gente que llena las salas es gente que busca respuestas en un momento crítico. “A la gente que está angustiada por la realidad no le podés pedir que sólo consuma entretenimiento vacío”, dispara con la profundidad que lo caracteriza. Para él, el público no es un número, es una comunidad sedienta de sentido.
“Me sorprende la vigencia de los monstruos. Macbeth no es un hombre de Escocia del año mil, es el dirigente que tenemos al lado, es el deseo de poder que nos corroe. Por eso la gente sale conmovida, porque se ve en ese espejo que es el escenario, un espejo que no miente aunque use máscaras”, sentencia Pompeyo.
“Lo peor que nos puede pasar es que el arte se vuelva un producto de lujo para pocos”, analiza. Porque una cosa es que el teatro sea una industria y otra muy distinta es que deje de ser un derecho. Pompeyo sabe que, a veces, nos dan a elegir entre opciones que no nos representan, y ahí es donde el escenario aparece como la “inyección” de realidad necesaria.
“El teatro es un fenómeno de resistencia, una zona de libertad que no puede ser capturada por la tecnología de la misma manera”, dice también. “Hay una necesidad de encontrarse. Habitación Macbeth es una experiencia física, el cuerpo puesto al servicio de todas las voces. Es un ritual que hoy la gente agradece, y mucho”.
Es Pompeyo en estado puro. Una de las joyas intelectuales más valiosas de nuestra escena, que hoy elige seguir gritando verdades desde la penumbra de una sala, recordándonos que, aunque apaguen la luz, el teatro siempre queda encendido.

