El (duro?) comunicado difundido por la Procuración del Tesoro argentino en el marco del juicio por la expropiación de YPF en tribunales de Nueva York intenta construir una imagen de firmeza institucional y defensa de la soberanía frente a los fondos de inversión más poderosos del mundo.
Sin embargo, lejos de representar un acto de fortaleza, el texto funciona como una puesta en escena defensiva, motivada por un temor muy concreto, y es que la justicia estadounidense ponga el foco en el oro de las reservas del Banco Central, cuyo manejo desde 2024 estuvo marcado por el silencio, la opacidad y la ausencia total de control democrático.
El Gobierno de Javier Milei decidió, a poco de asumir, trasladar el oro del BCRA a Inglaterra. Lo hizo sin pasar por el Congreso, sin brindar información precisa a la sociedad y sin explicar con claridad los términos de esa operación.
Ese dato, sistemáticamente omitido en los discursos oficiales, es hoy el verdadero trasfondo del conflicto con la justicia de EEUU y sus litigantes opositores. No se trata de una súbita vocación soberana ni de una defensa patriótica frente a supuestos abusos externos, sino del miedo a que ese movimiento quede expuesto en el marco del “discovery” impulsado por Burford Capital y otros demandantes en Nueva York.

En el sistema judicial de los Estados Unidos, el discovery es la etapa del proceso en la que las partes están obligadas a intercambiar información, documentos y pruebas relevantes para el caso.
Su objetivo es evitar sorpresas y garantizar igualdad de condiciones, pero en litigios financieros internacionales suele convertirse en una herramienta clave para que los demandantes investiguen activos, movimientos patrimoniales y posibles bienes embargables del Estado demandado.
El alineamiento que ahora incomoda
La reacción del Gobierno resulta paradójica. Milei construyó su política exterior sobre un alineamiento explícito y casi doctrinario con los Estados Unidos. Celebró su sistema económico, su entramado institucional y su lógica judicial.
Sin embargo, cuando ese mismo sistema actúa conforme a sus reglas y permite que los fondos litigantes avancen en la búsqueda de activos, el oficialismo ensaya un discurso de víctima y denuncia “hostigamiento sistemático” contra el Estado argentino.

Lo que el comunicado presenta como una afrenta a la soberanía no es otra cosa que el funcionamiento habitual de la justicia del país al que el propio Gobierno decidió subordinarse política y económicamente.
No hay sorpresa posible. Hay, en todo caso, una contradicción evidente entre el discurso de sumisión voluntaria y el enojo cuando esa sumisión tiene consecuencias concretas.
El oro como línea roja
El punto de quiebre aparece cuando los demandantes avanzan sobre la información vinculada a las reservas de oro. Ahí el tono cambia, la retórica se endurece y la Procuración habla de pedidos “jurídicamente inaceptables”.
No es porque antes no lo fueran, sino porque ahora tocan un nervio sensible. El oro no solo es únicamente un activo estratégico, es también un problema político.
Que un tribunal extranjero pueda exigir datos sobre un envío de oro decidido sin aval legislativo deja en exposición al Gobierno ante su propia base discursiva.
El mismo oficialismo que habla de transparencia, mercado y reglas claras se refugia ahora en el secretismo, mientras reclama “respeto por la soberanía” que previamente relativizó.
Un relato para consumo interno
El comunicado de la Procuración no está pensado para convencer a la jueza de Nueva York. Está dirigido al público local. Busca instalar la idea de un Estado que se planta frente a los fondos buitre, cuando en realidad revela a un gobierno acorralado, que intenta explicar lo inexplicable antes de que el tema del oro gane centralidad en la agenda pública.
La apelación a frases como “poner arena en los engranajes” o la denuncia de un ataque a la recuperación económica argentina funcionan como recursos retóricos para ocultar el núcleo del problema, el cual es una decisión opaca como la de sacar el oro de todos los argentinos fuera de las fronteras argentinas, y que hoy amenaza con tener un alto costo político.
Si ese oro se ve afectado, embargado o siquiera sometido a discusión judicial internacional, el golpe para el Gobierno de Milei sería demoledor.
Lejos de exhibir soberanía, el texto deja al descubierto una debilidad estructural. No hay gesto nacional en reaccionar tarde y mal frente a un escenario que uno mismo generó. Hay temor. Temor a que el relato se resquebraje y a que el alineamiento irrestricto con Estados Unidos muestre su verdadero precio cuando el poder judicial y el poder económico de ese país hacen lo que siempre hicieron.
La justicia norteamericana no cambió. Actúa como siempre. Lo que cambió es la posición del Gobierno argentino, que hoy descubre que la subordinación no garantiza protección. Y que, cuando el oro entra en juego, la épica discursiva ya no alcanza para tapar las contradicciones.

