Hay músicos que hacen canciones. Daniel Melingo construía personajes. Podía entrar a un escenario vestido como un linyera elegante, un dandy arrabalero o un fantasma escapado de un cabaret berlinés. Caminaba apenas encorvado, el clarinete colgando como una extensión del cuerpo y esa voz rota —más susurro que canto— que parecía venir de un callejón donde todavía sobreviven los últimos poetas del lunfardo.
Con su muerte, el rock argentino pierde a uno de sus artistas más inclasificables. No al más famoso. Probablemente tampoco al más exitoso. Pero sí a uno de los pocos que nunca aceptó quedarse quieto. Melingo siempre escapó de las etiquetas. Cuando el rock parecía convertirse en una fórmula, se fue al tango. Cuando el tango amenazaba con transformarse en museo, lo ensució con whisky, humo y literatura. Nunca buscó pertenecer. Prefirió inventar un territorio propio.
La primavera del rock
Antes de convertirse en ese cantor maldito que conquistó Europa, Daniel Melingo ya había escrito varias páginas fundamentales del rock nacional.
Primero llegó a Los Abuelos de la Nada, convocado por Miguel Abuelo, en aquella formación irrepetible junto a Andrés Calamaro, Cachorro López y Gustavo Bazterrica. Su saxo ayudó a darle identidad a una de las bandas que mejor representó el renacimiento democrático de principios de los años ochenta. Casi al mismo tiempo fundó Los Twist junto a Pipo Cipolatti, llevando el absurdo, el humor y la new wave a un rock argentino que todavía aprendía a reírse de sí mismo. Canciones como Cleopatra o Hulla Hulla demostraban que la ironía también podía ser revolucionaria.
Su talento llamó luego la atención de Charly García, con quien integró la banda que acompañó la etapa de Piano Bar, uno de los discos esenciales de la historia del rock argentino.
Pero incluso rodeado de gigantes, Melingo nunca pareció interesado en convertirse en uno más del panteón.
Cuando el tango dejó de mirar hacia atrás
La verdadera revolución llegó cuando muchos pensaban que su historia en el rock había terminado. Mientras otros músicos de su generación seguían girando sobre sus viejos clásicos, Melingo se internó en el universo del tango con una decisión casi suicida. No buscó imitar a los grandes cantores. Tampoco modernizar el género con electrónica o artificios. Inventó otra cosa.
Su voz quebrada encontró en el arrabal un idioma natural. Discos como Santa Milonga, Maldito Tango, Corazón & Hueso o Anda lo convirtieron en una referencia mundial del tango contemporáneo. En ciudades como París, Berlín o Ámsterdam era recibido como un artista de culto mucho antes de que parte del público argentino comprendiera la dimensión de su obra.
El hombre que nunca dejó de buscar
Melingo era clarinetista, saxofonista, guitarrista, actor, compositor y poeta urbano. Pero, sobre todo, era un explorador. Nunca dejó de experimentar. Nunca buscó la comodidad de la nostalgia. Incluso en sus últimos meses preparaba un nuevo trabajo, Tangos Bajos (Rework), confirmando que seguía pensando la música como una obra en movimiento.
El adiós
En tiempos donde casi todo parece diseñado para ser consumido rápido, Daniel Melingo eligió el camino más difícil: construir una identidad imposible de copiar.
No fue el cantante más popular del rock argentino. Fue algo bastante más raro, un tipo que entendió que el rock y el tango no eran dos géneros distintos, sino dos maneras diferentes de contar la misma ciudad.
Y mientras Buenos Aires siga teniendo bares abiertos de madrugada, esquinas húmedas después de la lluvia y personajes que caminen un poco torcidos por la vida, la voz de Melingo seguirá sonando como si nunca hubiera abandonado el escenario.
Q.E.P.D. Daniel Melingo

