Desierto. Como el Sahara. Como la extensión altiplánica de los Andes. Desierto. Así quedó el podio de Estudiantes: resulta prácticamente imposible hallar a un jugador del equipo de Eduardo Domínguez que se acercara a la nota de aprobación en la derrota frente a Central Córdoba (SE). A punto tal que fallaron incluso los que nunca se equivocaban.
Desierto. El puesto 1, el puesto 2, el puesto 3 y -quizás- hasta el puesto 11. Porque de atrás hacia adelante, ni Leandro González Pirez (desvió el centro del 0-1) ni Fernando Muslera (el manotazo para despejar el pif del Cabezón fue light) estuvieron sólidos. Porque Román Gómez sufrió, porque Santi Arzamendia sufrió con Matías Perelló.
Desierto. Porque el mediocampo, a pesar de que el Rusito Ascacibar corrió para cubrir los espacios vacíos, por momentos hubo modo gruyere. Incluso con cuatro volantes centrales reunidos dentro del campo, experimento fallido que lejos de empujar a Estudiantes a ir en busca del descuento, lo empantanó en el 0-2.
Desierto. Porque no hubo ideas. Porque Edwuin Cetré ingresó para romper por la derecha pero sus pases encontraron más botines santiagueños que compañeros -a punto tal que desaprovechó un contragolpe que pudo haber metido en partido al equipo. Porque únicamente Facundo Farías, con un ratito de pases al pie o filtrados, generó algo de peligro.
Desierto. Porque Guido Carrillo estuvo aislado del circuito ofensivo. Porque Cristian Medina estuvo incómodo y cercado, imposibilitado de clarificar dentro de una posición que lo embarulló. Porque el pibe Mikel Amondarain poco pudo hacer y encima terminó cometiendo una infracción por impotencia que pudo haber terminado en amarilla.
Desierto, porque además Eduardo Domínguez acabó vencido. Con las manos en los bolsillos cuando faltaban diez minutos, casi resignado a que la derrota de Estudiantes ya estaba firmada en los papeles y certificada por escribano público.
Desierto. Porque a Estudiantes no le salió nada. Y pensando en Flamengo es una alerta que no se debe pasar por alto.