La subrepresentación de la Provincia de Buenos Aires en los cuerpos legislativos es una verdadera deuda de la democracia. No es la única: los tres poderes de la Provincia están colonizados por dirigentes porteños. No se trata de una cuestión formal -de DNI-, sino del lugar de pertenencia, de trabajo territorial y de carrera política.
En el Congreso de la Nación, específicamente en la Cámara de Diputados, Buenos Aires tiene 70 bancas sobre un total de 257, es decir el 27 por ciento. La cantidad de legisladores debería guardar propoprcionalidad con la población del país, pero no lo hace. Los bonaerenses somos 17.5 millones, sobre un total de 45.3 millones de argentinos: el 38 por ciento. En los hechos, esto significa que nuestros votos valen menos.
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Para equilibrar las cosas, la Provincia tendría que tener al menos 97 diputados propios en el Congreso de la Nación. Nos faltan 27. Si los tuviéramos, seguramente podríamos torcer algunas leyes que nos perjudican.
Ojo, puede ser el menor de nuestros problemas. Un repaso rápido de las identidades de los 70 representantes de Buenos Aires en la Cámara Baja puede sorprender. Diez legisladores tienen ADN porteño: Ezequiel Fernández Langan, Cristian Ritondo, Javier Campos, Hernán Berisso, Marcela Campagnoli, Silvia Lospennato y Mariana Stilman -todos de Juntos por el Cambio-, Magdalena Sierra y Laura Russo, del Frente de Todos, y Romina del Pla.
Otros, como la “hormiguita” Graciela Ocaña, fueron legisladores porteños, hoy tienen mandato como diputados nacionales por Buenos Aires, pero se marean. Hace tres días, en medio del anuncio del presidente Alberto Fernández, que recuperó un punto de coparticipación para los bonaerenses, Ocaña defendía desde Twitter a los “vecinos porteños”.
El caso de Ocaña es especial: nació en Provincia, estudió en Capital, fue cabeza de lista bonaerense y también candidata a Jefa de Gobierno porteño. De tanto ir y venir, se perdió. Raro: dicen que las hormigas tienen un excelente sentido de la orientación. Al lado de Ocaña se puede colocar tranquilamente a Elisa Carrió, que, a pesar de haber nacido en Chaco, en cada elección coquetea con la posibilidad de ser candidata por Buenos Aires, sea la Provincia o la Ciudad.
En el Senado la cosa es distinta. Todas las provincias cuentan con tres representantes, dos por la mayoría y uno por la minoría. En el caso bonaerense, son Esteban Bullrich -porteño, ex diputado por la Ciudad y funcionario del Gobierno de Mauricio Macri- y Gladys González, de Bolívar. Por el oficialismo ocupa una banca Jorge Taiana, porteño y con pasado como legislador de la Ciudad. Taiana fue y vino.
Si consideramos a Cristina Fernández de Kirchner, que dejó la banca que obtuvo en 2017 para ocupar la vicepresidencia, tenemos otro “medio” caso. CFK es bonaerense -nació en La Plata- pero construyó su carrera política desde Santa Cruz. Así y todo fue dos veces electa senadora por nuestra Buenos Aires.
Muchos de esos dirigentes tienen toda su carrera política desarrollada en la Provincia, pero otros tantos fueron “transplantados” por el PRO para apuntalar el desembarco de María Eugenia Vidal -¡venía de ser Vicejefa de Gobierno porteño!- en la Gobernación bonaerense. No debería sorprender: también Axel Kicillof -dejó medio mandato como diputado por CABA para Gobernarnos- y Daniel Scioli fueron soluciones porteñas para los problemas bonaerenses. Paradoja: Felipe Solá, nacido y criado en Recoleta, es el más provinciano de todos.
El mismo cuadro se verifica en el Poder Judicial. En la Suprema Corte se hicieron malabares para que Hilda Kogan y Sergio Torres pudieran jurar. Ni siquiera tenían los años de residencia que exige la Constitución, un texto que debería ser sagrado pero se acomoda a las necesidades, incluso de las de quienes se rasgan las vestiduras por ella. A Torres se le formuló una denuncia por presunta falsedad ideológica, porque habría declarado un domicilio trucho para conseguir la habilitación. El jefe de todos los fiscales de la Provincia, Julio Conte Grand, es sanjuanino, pero hizo carrera en la Capital, donde llegó a ocupar el mismo cargo que detenta hoy de este lado del Riachuelo.
Parece mentira que 135 gobiernos municipales y sus respectivos Concejos Deliberantes, dos cámaras Legislativas propias, con 92 y 46 bancas, y más de 560 luzgados repartidos en 20 repartamentos judiciales que cubren todo el territorio, no logren convertirse en un buen caldo de cultivo para crear dirigentes, propios y probos, que puedan aspirar a la cumbre del poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
Un experimentado dirigente, con 40 años de trayectoria en la política provincial, desarrolló, medio en broma y medio en serio, una teoría respecto de esta falencia tan bonaerense. El análisis considera factores como el recelo por el territorio, las secciones y la “escalerita” -en rigor, suele hablar del “cursus honorum”, que va desde los Concejos Deliberantes hasta la Presidencia de la Nación-, para explicar el fracaso de la dirigencia provincial.
La conclusión es devastadora: “nadie, nunca, llegó de una intendencia a la Gobernación”. Incluso desestima el “caso Duhalde”, paradigma del intendentismo, ya que tuvo la particularidad de que fue Vicepresidente antes que Gobernador. ¿Serán los recelos territoriales, la cercanía con la Capital Federal, la colonización cultural que imponen los medios? Son preguntas que habría que empezar a hacerse en serio.
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