En Villa Luzuriaga, los vecinos de la Escuela Técnica Jorge Newbery, la potencia del Cessna 206 que los pibes ponen a punto en el taller, tiene un valor simbólico. En esta institución del oeste bonaerense, los aviones son fierros reales que ocupan el patio, se desarman a fondo y se vuelven a armar con esfuerzo colectivo.
El Cessna que hoy es orgullo de la escuela tiene una historia pesada. Cayó en medio de un operativo contra el narcotráfico y, tras quedar frenado por un largo proceso judicial en Rosario, su destino casi seguro era juntar mugre en algún galpón o terminar vendido como chatarra. Sin embargo, la comunidad educativa de La Matanza se movió rápido para torcerle el destino y convertirlo en una herramienta de aprendizaje de primer nivel.
Un proyecto que nació en el interior y llegó al Conurbano
La movida de rescatar aviones varados nació por impulso de Ulises Falabella, un profe y técnico aeronáutico de El Palomar. Cuando le tocó dar clases en Salta, se chocó con una realidad bien de taller, había ganas y docentes capacitados, pero faltaban aeronaves completas para meter mano. Estudiar un motor por fotos no es lo mismo que agarrar la llave, rastrear una falla real y lograr que la máquina vuelva a rugir.
Ahí arrancó la pelea burocrática. Las aeronaves secuestradas al narcotráfico suelen quedar tiradas a la intemperie durante años porque pierden la trazabilidad de sus repuestos y volver a habilitarlas para volar sale una fortuna. La salida que propuso Falabella fue concreta, que la Justicia se las entregue a las escuelas técnicas como depositarias judiciales. No para salir a volar, sino para que los pibes las usen de aula, las armen, las desarmen y entiendan hasta el último sistema.
Lo que empezó como un “no” rotundo de los juzgados terminó destrabándose cuando se sumaron la Procuraduría de Narcocriminalidad (Procunar) y la Corte Suprema. Hoy el proyecto ya rescató cerca de nueve aviones para escuelas de todo el país, desde Salta y Misiones hasta Paraná y Santa Cruz.
El viaje a Rosario y el pulmón de la cooperadora
Para traer la avioneta a Villa Luzuriaga hizo falta una logística bien nuestra. Nicolás Moreno, que hizo toda la secundaria en la Newbery y hoy está del otro lado del mostrador como docente, fue parte de la comitiva que viajó a Rosario a buscarla. El director, la vicerrectora y un grupo de profes hicieron el viaje, metieron mano para desarmarla entera y prepararla para el flete.
El traslado no cayó del cielo, la comisión cooperadora de la escuela puso cerca de un millón de pesos de su bolsillo para pagar el camión que la trajo a La Matanza. Una vez en el patio del colegio, los propios estudiantes agarraron las herramientas, hicieron las inspecciones de punta a punta, rearmaron la estructura y lograron lo que parecía imposible: encender el motor. Pasar de una máquina usada para el delito a un recurso pedagógico bancado por la comunidad.
Aprender con las manos en el motor
Hoy, la avioneta forma parte del día a día de los más de 1700 pibes que caminan los pasillos del colegio. En los talleres se respira olor a aceite y trabajo en equipo, se desarma la planta motriz y se revisa la estructura del avión. Se cambian filtros de aire, de aceite y se reparan radiadores. Se testean los sistemas de combustible, electricidad y comandos.
Muchos de estos chicos se toman dos colectivos y vienen desde Laferrere o distintos rincones del partido para cursar los siete años de la carrera técnica. Para ellos, tocar un avión real no es un lujo, es el trampolín para soñar con un título, entrar a estudiar ingeniería o conseguir laburo en las grandes ligas como Aerolíneas Argentinas.
La meta de fondo es que esto deje de ser una patriada a pulmón y se convierta en una política fija en todo el país. Que ningún avión secuestrado termine tirado junta tierra cuando puede estar en el patio de una escuela del Conurbano, enseñándole el oficio a la próxima generación de técnicos.

