La figura del odontólogo Ricardo Barreda comenzó a transmutar de un criminal atroz a un mito urbano insólito. Mientras se discutía sobre el caso en los tribunales de La Plata, puertas adentro se tejía una de las estrategias de defensa más complejas de la historia penal argentina.
Flavio Gliemmo, quien en aquel entonces era un joven abogado de veintitantos años, integraba el equipo de defensores junto a sus colegas Díaz e Irisarri. Años después de aquellas jornadas frenéticas, Gliemmo recuerda en los estudios de INFOCIELO PLAY con nitidez la tensión moral y profesional de enfrentar un caso que sacudió los cimientos de la sociedad.
La frontera ética de la defensa
“Nosotros sabíamos que era culpable porque los cuatro homicidios sucedieron y él fue el autor”, admite Flavio Gliemmo con una honestidad desprovista de rodeos, ante el periodista Adrián Belinche. El debate sobre los límites de la abogacía defensiva sobrevolaba el caso, pero para el equipo, la clave nunca estuvo en negar los hechos, sino en comprender la psiquis del acusado.
“Nosotros entendíamos que era inimputable, por eso lo defendimos”, explica Gliemmo. El límite ético del equipo estaba claro, marcado por sus propias realidades familiares, “diferente es si él nos hubiera venido a ver y nos dice: ‘Sí, la maté porque tal cuestión y tal lo otro’. Ahí teníamos la opción de que seguramente no lo hubiéramos defendido, porque ante todo uno también es hijo yo ahora soy padre, tengo dos hijas, tengo a mi señora, mi tía, mi abuela”.
Fue tras una profunda deliberación de tres profesionales con psicólogos y psiquiatras que el panorama cobró sentido clínico: Barreda padecía una patología psiquiátrica seria, un “delirio reivindicativo”. “Decidimos tomar el asunto”, relata Gliemmo, y añade que la defensa técnica fue muy rigurosa, alejada del circo mediático, buscando demostrar que “ese delirio le llevó a hacer lo que hizo y no porque era una mala persona, un fabulador o un psicópata”.
Ni femicida ni estratega: el delirio absoluto
Para Gliemmo, catalogar a Barreda bajo las figuras conceptuales modernas de violencia de género resulta clínicamente impreciso. “Realmente yo estoy convencido de que él no fue un femicida ni mucho menos, porque él no obró contra el género o contra la mujer por su condición de tal”. Según el abogado, la psicosis del odontólogo era ciega al género, “si hubiesen sido tipos era lo mismo, si eran cuatro nenes o cuatro adolescentes o cuatro hombres hacía lo mismo con ese delirio que él tenía en ese momento, este delirio reivindicativo que dice: ‘¿Son ellas o yo o son ellos o yo?'”.
A diferencia de otros criminales que se resisten a ser catalogados como insanos por orgullo, Barreda asimiló la estrategia de inimputabilidad sin fisuras. No hubo choques con sus abogados por esta línea de defensa. Al explicarle lo dictaminado por los peritos médicos, Barreda “la comprendió de inmediato”. No requería guiones ni silencios ensayados: “Esta situación era propia de su psiquis de pensar que alguien lo quería matar”.
El trato diario en la Unidad 9: demandas, tabaco y desconfianza
La convivencia con Barreda durante el proceso judicial revela la fisonomía de un hombre sumamente complejo. En las charlas personales con sus defensores en la Unidad Penal 9 de La Plata —donde pasó toda su condena— Barreda se mostraba como un cliente sumamente demandante.
“Fumaba mucho —hoy día sería impensado—, tiene una mirada fría… siempre estaba alerta”, describe Gliemmo. Su obsesión por el contacto con sus abogados rozaba lo insustancial: “A veces llamaba al estudio y decía: ‘Bueno, tengo algo que decirles’. Entonces íbamos corriendo a la unidad porque nosotros queríamos se arrepintió’. Y no, decía: ‘No, tal tal cosa’, y siempre daba vueltas y no, era algo insustancial, pero evidentemente quería que lo vayamos a ver”.
A pesar de su insistencia y de ser calificado como “cabeza dura” y “testarudo”, Barreda mantuvo siempre un trato “muy respetuoso”. En prisión no registró conflictos y gozaba de buena relación con los demás reclusos. Sin embargo, se negó sistemáticamente a realizar cualquier labor o a ejercer la odontología dentro del penal, a pesar de que sus abogados le insistían en que trabajara para acceder a los beneficios de la prisión domiciliaria o morigeración de la pena bajo las reformas del Código de Procedimiento Penal bonaerense.
La sombra del vaso medio vacío
El rasgo más persistente en la psiquis de Barreda era su incapacidad absoluta para registrar el afecto o las buenas intenciones ajenas, interpretando cada gesto como una afrenta o una conspiración para acabar con su vida o arrebatarle sus bienes.
Gliemmo recuerda cómo intentaban confrontar ese sesgo paranoico mediante ejemplos cotidianos “por ejemplo: ‘Ricardo, vamos, ¿cuándo fue su cumpleaños? ¿Y le regalaron algo?’. ‘Sí, me regalaron una campera’. ‘Bueno, imagínese, es un muy buen regalo una campera’. ‘Claro, pero me la regalaron del color que a mí no me gusta'”.
La misma distorsión tiñó su convalecencia hospitalaria tras ser intervenido quirúrgicamente de una hernia, “le decíamos nosotros: ‘Bueno, pero por ejemplo ¿lo fueron a visitar al hospital cuando usted estuvo internado?’. ‘Sí, me visitó’. ‘Bueno, pero entonces no es como usted dice, Ricardo, que no lo querían, fueron’. ‘No, fueron a hacer sociales, no me fueron a ver a mí'”.
Incluso sus excentricidades cotidianas antes de la tragedia familiar daban cuenta de esta mente asustadiza y meticulosa. Cuando salía al jardín, Barreda se colocaba un casco para podar la parra. Ante la duda de sus defensores sobre el motivo de tal atuendo, el odontólogo respondía que temía subirse a la escalera y caerse: “Ahora si me caigo”.


