Mientras las inmediaciones del Congreso se convertían en zona de caza (gases, camiones hidrantes, una lluvia de balas de goma disparadas a la altura del pecho y la cabeza), Esteban Trebucq encontró el momento exacto para su numerito. Para nada fue un exabrupto. Tampoco un desliz: fue una decisión.
En medio del caos, con una colega de prensa cayendo herida a metros de las cámaras que él mismo manejaba desde el piso de LN+, el conductor eligió pedir un primer plano de la Policía para dedicarle un aplauso en vivo.
La marcha, que reunía a organizaciones sociales y sindicales contra el proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada que debatía el Senado, terminó con al menos 12 detenidos y un número de heridos todavía sin determinar.
El más grave: una fotoperiodista que recibió un impacto en la cabeza, quedó con traumatismo de cráneo, perdió el conocimiento y sangró por el oído. Fue trasladada al Hospital Argerich. Los gremios de prensa decidieron no difundir su identidad para resguardarla. Trebucq, mientras tanto, pedía cámara para su servilismo.
Entre gases y balas de goma, un aplauso de estudio
El operativo no distinguió entre manifestantes y trabajadores de prensa. La Policía Federal, Gendarmería y Prefectura avanzaron con el vallado del Congreso, extendiendo la represión hasta la Avenida de Mayo, Callao y Corrientes, y llegaron a cortar la 9 de Julio. Los tiros de goma, según pudo verse en las transmisiones en vivo, salieron a la altura de los hombros de los efectivos, una forma de disparar que multiplica el riesgo de dar en la cabeza o el torso de quien esté enfrente.
Ahí, en Avenida de Mayo y Lima, cayó la fotógrafa. Un colega alertó en vivo por otra señal que sangraba y estaba conmocionada; una profesional de salud que pasaba por la zona la asistió mientras se esperaba al SAME.
La escena reabrió una herida que el periodismo argentino todavía no cerró: en marzo de 2025, el fotógrafo Pablo Grillo sufrió un impacto en la cabeza en circunstancias casi idénticas, frente al mismo Palacio Legislativo, y quedó con secuelas permanentes.
Para Trebucq, aparentemente, la memoria no pesa nada frente a un buen plano de policías avanzando. Siempre operando nunca informando.
El aplauso que lo condena
“Enfocame un minuto, mostrame la policía. Sí, yo quiero aplaudir el rol de la policía… la voy a aplaudir ahora”, lanzó el conductor al aire, casi en el momento exacto en que se conocía la gravedad del cuadro de su colega.
No hizo falta más para retratarlo: nada de “error de guion” ni exceso de entusiasmo, es la confesión de a quién responde. Un tipo que se autopercibe periodista aplaudiendo a la fuerza que le acaba de partir la cabeza a una trabajadora de prensa no está informando: está siendo servicial a sus patrones.
La gravedad del episodio no pasó inadvertida en el arco político. El diputado Esteban Paulón pidió la citación urgente de la ministra de Seguridad y exigió que se identifique a los efectivos que dispararon contra la prensa, en un contexto donde buena parte de la oposición calificó el operativo directamente como represión injustificada. Mientras eso ocurría, Trebucq seguía en pantalla, cómodo, aplaudiendo desde un estudio climatizado a kilómetros de los gases.
Lo de LN+ ese jueves no fue cobertura periodística: fue propaganda con conductor puesto. Trebucq tuvo la oportunidad de nombrar a una colega herida y la usó para vitorear a quien la lastimó. Ahí quedó claro, otra vez, de qué lado elige pararse cuando hay que elegir entre la verdad y el poder.

