Javier Milei viajó el sábado a San Pablo para respaldar la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro en la Convención Nacional del Partido Liberal y terminó protagonizando el peor cruce diplomático entre Argentina y Brasil desde la vuelta de la democracia.
Ante la militancia bolsonarista, el presidente argentino tildó a Lula da Silva de “ladrón”, “presidiario” y “basura socialista”, y no se guardó nada contra la Justicia brasileña: calificó de “basura calva” al ministro de la Corte Suprema, Alexandre de Moraes, el mismo juez que le había negado el permiso para visitar a Jair Bolsonaro durante su prisión domiciliaria en Brasilia.

El resultado fue una catarata de repudios oficiales que combina algo poco frecuente para un jefe de Estado en funciones: pisar el territorio de un socio comercial clave para insultar a su presidente y, de paso, meterse de lleno en la interna electoral de un país vecino.

RESPUESTA EN CADENA DESDE BRASILIA
El titular del Partido de los Trabajadores, Edinho Silva, calificó la conducta de Milei como “inadmisible” y sostuvo que “no está a la altura del cargo que ocupa”.
El presidente del Supremo Tribunal Federal, Edson Fachin, salió a bancar a Moraes y calificó los dichos del libertario como “una referencia irrespetuosa” a un acto jurisdiccional realizado conforme a la Constitución brasileña.
El ministro de Relaciones Institucionales, José Guimaraes, fue por más y apuntó directo contra la medalla que el gobernador de San Pablo, Tarcísio de Freitas, le entregó a Milei: lo definió como “lamebotas de Trump”, en referencia al reciente tarifazo estadounidense que golpea a productores y trabajadores brasileños.
El más filoso fue Guilherme Boulos, ministro de la Presidencia, que difundió un video de Milei con motosierra en mano y recuperó una frase que ya había usado días atrás: “Ya vimos esa película en Brasil y no la veremos de nuevo”, en clara alusión al ciclo bolsonarista.
Lula, por su parte, evitó nombrar a Milei pero dejó dos señales inequívocas en redes: un mensaje conciliador sobre “el Brasil solidario y armonioso que queremos” y otro, horas después, con tono claramente político: “Cabeza en alto. Carácter. Soberanía. Brasil respeta a todos los países, pero el destino de nuestra nación pertenece a los brasileños”. Antes, en un acto del PT en Campinas, ya había sido más directo: “que nadie de afuera intente interferir en nuestras elecciones”.

SE EVALÚA LA EXPULSIÓN DEL EMBAJADOR
Hasta la tarde del sábado, ni el Palacio de Planalto ni Itamaraty habían fijado postura oficial, aunque dentro del PT ya circulaba con fuerza la idea de expulsar al embajador argentino en Brasil, Daniel Raimondi.

Un detalle no menor agrava el cuadro: a diferencia de la visita de Lula a Cristina Kirchner durante su prisión domiciliaria (que la Cancillería brasileña había encuadrado como actividad estrictamente privada), el viaje de Milei tuvo carácter institucional, con la presencia del canciller Pablo Quirno y del cónsul general en San Pablo, Luis María Kreckler.

Esto marca una contradicción que en Brasilia no pasa desapercibida, y es que el presidente Javier Milei elige tensionar al máximo la relación con el principal socio comercial del país (Brasil explica una porción central del comercio exterior que también impacta en la actividad productiva bonaerense) mientras mete presión sobre una elección ajena, la que definirá en octubre si Lula sigue en el Planalto o si el espacio bolsonarista recupera terreno.

