A más de medio siglo de uno de los mayores hitos de la humanidad, el debate sobre la veracidad del alunizaje sigue vigente en redes sociales y foros. Para echar luz sobre el tema, el ingeniero Facundo Pasquevich, integrante del Centro Tecnológico Aeroespacial de la Facultad de Ingeniería de la UNLP, analizó las claves de la misión Apolo, las pruebas científicas que desmienten cualquier “fraude” y el ambicioso plan actual para establecer una base permanente en el polo sur lunar.
Para Pasquevich, entender el éxito del programa Apolo requiere comprender el contexto de la Guerra Fría y la magnitud de los recursos invertidos. El ingeniero explica que “para alcanzar este objetivo, la NASA destinó una inversión descomunal”, señalando que en aquel entonces el presupuesto para el programa “llegó a representar aproximadamente el 4,4 % del presupuesto federal de Estados Unidos”, una cifra que contrasta drásticamente con la realidad actual, donde la agencia recibe apenas el “0,4 % del presupuesto federal, aproximadamente una décima parte de la participación que tenía durante el desarrollo del programa Apolo”. Esta inversión sin precedentes permitió que, entre 1969 y 1972, doce astronautas caminaran sobre la Luna y realizaran experimentos que siguen dando frutos hoy.
Pruebas irrefutables: Las rocas y los espejos

Frente a quienes sostienen que todo fue una filmación de estudio, el experto de la UNLP asegura que la evidencia es “abrumadora y está respaldada por múltiples fuentes independientes”. Pasquevich destaca como prueba fundamental los instrumentos que quedaron en la superficie: “Una de las pruebas más importantes son los reflectores láser instalados por los astronautas, que continúan permitiendo medir con enorme precisión la distancia entre la Tierra y la Luna mediante el rebote de pulsos láser”.
Además, el ingeniero subraya que el material traído a la Tierra no deja lugar a dudas científicas, ya que a los 382 kilogramos de rocas y suelo lunar recolectados se suma el hecho de que “sus características químicas e isotópicas son incompatibles con rocas terrestres y confirman su origen lunar”. A esto se suma el silencio de los rivales de la época: “el programa Apolo fue seguido mundialmente y, durante la Guerra Fría, la Unión Soviética contaba con capacidades suficientes para monitorear las misiones estadounidenses y, a pesar de ser el principal rival geopolítico, nunca cuestionó que los alunizajes hubieran ocurrido”.
Un legado que llevamos en el bolsillo
La llegada a la Luna no solo fue un logro simbólico, sino el motor de la tecnología moderna. Según detalla Pasquevich, uno de los avances más críticos fue la necesidad de crear “computadoras de a bordo compactas, confiables y capaces de operar en tiempo real”, lo que permitió establecer “los precedentes para la evolución de los sistemas embebidos utilizados actualmente en satélites, aeronaves, automóviles, drones, vehículos autónomos y equipos médicos”. En este sentido, el programa aceleró de forma drástica “el desarrollo y la adopción de la electrónica miniaturizada y los circuitos integrados, tecnologías fundamentales para la evolución de la informática moderna” que hoy forman parte de nuestra vida cotidiana.
¿Por qué no volvimos antes?

La pregunta que alimenta muchas teorías es por qué se abandonó la exploración tripulada en 1972. El ingeniero de la UNLP aclara que no fue por falta de capacidad, sino de fondos y voluntad política: “El programa Apolo fue extraordinariamente costoso y estuvo impulsado principalmente por un objetivo geopolítico: demostrar el liderazgo tecnológico de Estados Unidos frente a la Unión Soviética”. Pasquevich añade que, “una vez alcanzado ese objetivo con los primeros alunizajes, el interés político disminuyó y el presupuesto destinado a la exploración lunar se redujo considerablemente”, lo que forzó el cierre del programa tras la misión Apolo 17.
Artemis: El plan para “vivir” en la Luna
Ahora, la humanidad se prepara para un regreso definitivo con el programa Artemis, donde el objetivo ya no es una visita fugaz. Pasquevich explica que “gracias a más de cinco décadas de avances tecnológicos, el objetivo ya no es simplemente volver a colocar astronautas en la Luna, sino establecer una presencia humana sostenible”. El foco está puesto en el polo sur lunar, donde el hielo de agua podría ser la clave de la supervivencia: “Este recurso podría utilizarse para producir agua potable, oxígeno e incluso propelentes para cohetes, reduciendo la dependencia de suministros enviados desde la Tierra”.
Finalmente, el experto concluye que la Luna será el campo de entrenamiento necesario para saltos mayores: “representa un laboratorio cercano donde la humanidad puede desarrollar y validar tecnologías necesarias para futuras misiones a Marte”, permitiendo estudiar desafíos humanos críticos como “los efectos de la radiación espacial, la adaptación del cuerpo humano a una gravedad reducida y sus consecuencias sobre el sistema cardiovascular, los músculos y los huesos”.

