Hay momentos en la televisión argentina que, por su simpleza rayana con lo ridículo, terminan exponiendo más de lo que pretenden ocultar. El programa de Jonatan Viale en TN fue este viernes una postal de ese mecanismo.
Con pantalla dividida en ocho cuadros, como si fuera un videojuego de consolas de los noventa (o aquella serie “Los Brady Bunch”), se desplegó un debate donde el hilo conductor ya no era la corrupción que salpica a Karina Milei, a Eduardo “Lule” Menem y al presidente de la Cámara de Diputados Martín Menem, sino una especie de disputa moral entre quién es más malo, si los unos o los otros.
La excusa fue la “violencia kirchnerista” que, según repite el oficialismo y sus satélites mediáticos, habría impedido actos de campaña en Junín, Lomas de Zamora y Corrientes.
El detalle incómodo es que no hay evidencia de que los supuestos agresores sean militantes kirchneristas o siquiera peronistas. Pero la televisión, al igual que una máquina tragamonedas, no necesita pruebas para arrojar fichas: alcanza con que la narrativa sea funcional al gobierno.
Televisión como farsa
En medio de ese escenario, el columnista Manu Jove intentó plantear que la violencia no es unidireccional, que no hay “buenos y malos” sino “malos y malos”.
Guadalupe Vázquez replicó que algunos “malos respetan las instituciones”. Y la discusión entró en un loop absurdo, como una calesita rota que gira sin música y sin caballos. Jonatan Viale, árbitro autoproclamado, sentenció: “Dentro de la ley todo, fuera de la ley nada”. Un fraseo solemne que, puesto en este contexto, suena como un eco vacío en un pasillo.
La única que aportó cierta sensatez fue Margarita Stolbizer. Con un tono seco, pidió no perder de vista lo sustancial: la corrupción.
“Los malos son los que roban”, aclaró, como recordándole a los panelistas que la agenda pública no se resuelve en un duelo de diccionarios morales. Pero claro, esa línea fue rápidamente opacada por la dinámica del show, porque lo importante no es discutir lo que ocurre sino entretener al público con un ring dialéctico donde todos gritan lo mismo con palabras diferentes.
Maniqueísmo útil
Lo maniqueo siempre tiene un efecto tranquilizador: divide el mundo entre malos y buenos, aunque sea para terminar concluyendo que hay “malos y peores”.
De esa forma, lo esencial queda tapado. La metáfora es inevitable: mientras en la cocina se quema la comida, los panelistas discuten si la llama es azul o amarilla. La corrupción, que debería ser el centro de la conversación, se convierte en un decorado, en un ruido de fondo que apenas Stolbizer trató de rescatar.
La escena se parece a esas funciones de títeres en plazas de domingo: el público infantil señala al villano y el titiritero responde exagerando, pero nadie mira al tipo que está contando la plata detrás de la carpa. Eso fue el programa de Viale: un guion pensado para correr el eje de lo fundamental.
Y lo fundamental, hoy, es que los audios de Diego Spagnuolo destaparon un escándalo de coimas que alcanza al corazón del poder libertario.
Lo demás, esa discusión sobre si los “malos respetan las instituciones” o si son “malos y peores”, no pasa de ser un juego de sombras chinescas, tan bobo como funcional al objetivo de un gobierno que necesita desesperadamente que se hable de piedras y no de coimas.