La escena pasó casi como un chiste interno, pero no lo fue. En una de las habitaciones de Gran Hermano, mientras un participante jugaba a “modelar” frente a sus compañeros, apareció una pregunta que heló el clima: “Ves gente de color marrón, ¿qué hacés?”. La respuesta, entre risas, fue directa: “Corro”. Después vendrían otras frases, más explícitas, siempre acompañadas de carcajadas y complicidad grupal.
Lo grave del suceso es que parece no ser un “exabrupto aislado”. Es la cristalización en televisión abierta de algo que hace tiempo circula sin demasiados filtros en redes sociales: el uso del término “marrón” para nombrar (y degradar) a personas con tonos de piel más oscuros, asociándolas automáticamente con la pobreza, la delincuencia o la marginalidad.
Lo novedoso no es el racismo. Es su actualización lingüística.
De la ironía al estigma
Durante años, la palabra “negro” funcionó en la Argentina como un significante ambiguo: podía ser afectuoso en determinados contextos, pero también profundamente despectivo en otros. Esa ambivalencia permitió sostener una negación bastante extendida. Mucha gente cree genuinanente que no hay racismo estructural en nuestro país, sino apenas “malos usos” individuales.
El problema es que ese argumento empieza a resquebrajarse cuando aparece un reemplazo. “Marrón” ya no tiene esa carga histórica de supuesta cercanía afectiva. No tiene uso “cariñoso”. Tampoco sus variantes como “color café con leche” o “color cartón”. Tampoco la clasificación de “el pincel de Dios”, como para indicar que “El Creador” puso ese color de piel para identificar a delincuentes.
Son términos más fríos, más descriptivos en apariencia, pero que en la práctica se utilizan con la misma (o mayor) intención de marcar una diferencia social y racial.
En redes sociales, especialmente en ciertos sectores politizados libertarios, la palabra se volvió habitual. Se usa para descalificar, para etiquetar, para simplificar al otro en una categoría degradante. En casi todos los casos, aparece ligada a discursos que asocian automáticamente color de piel con conducta delictiva o pertenencia de clase y política (Kuka).
La escena de Gran Hermano muestra que ese lenguaje ya no se limita a cuentas anónimas o foros agresivos. Saltó a la televisión, a un espacio de consumo masivo, donde las palabras no sólo se dicen, sino que también se legitiman.
El reemplazo que no cambia nada
El uso de “marrón” no es inocente ni casual. Es un intento de esquivar la condena social que ya pesa sobre otros términos como negro, sin renunciar al contenido discriminatorio. Cambia la palabra, pero no la lógica.
En Argentina y en buena parte de la región del Río de la Plata, el racismo suele negarse bajo la idea de un supuesto “crisol de razas”. Sin embargo, esa justificación convive con prácticas cotidianas donde el color de piel sigue funcionando como marcador social.
Desde el Mundial de Qatar 2022, distintas voces internacionales vienen señalando este fenómeno. Las críticas no surgieron en el vacío, sino que se apoyan en expresiones, cantos y discursos que, puertas adentro, muchas veces se naturalizan o minimizan y que constituyen verdaderamente racismo puro y duro.
La irrupción del término “marrón” en el lenguaje cotidiano ( ahora también en la TV) remarca esa contradicción, porque mientras se niega el problema, se multiplican las formas de nombrarlo.
Cuando la TV llega tarde
La televisión argentina suele reaccionar con demora frente a fenómenos que nacen en internet. Primero los ignora, después los reproduce sin contexto y, finalmente, se muestra sorprendida por sus consecuencias.
Con el término “marrón” está ocurriendo algo similar. Mientras en redes hace tiempo se instaló como una forma de insulto encubierto, su aparición en un programa de alto rating lo expone ante un público más amplio, que tal vez no estaba al tanto de ese código.
El contexto reciente del reality suma capas a la discusión. Los episodios vinculados a comentarios discriminatorios dentro de la casa ya no son hechos aislados, sino parte de una misma trama, la emergencia de discursos que, lejos de desaparecer, encuentran nuevas formas de expresarse.
Eso mismo le costó la expulsión a la periodista paraguaya Carmiña, y también el quiebre emotivo de su víctima de racismo, la platense Mavinga que decidió salir del juego unos pocos días después.
Lo que ocurrió en Gran Hermano funciona como un espejo incómodo porque muestra cómo ciertas formas de pensar (y de nombrar) al otro ya no se esconden, sino que circulan con naturalidad, incluso en espacios donde cada gesto es observado por millones.
La reacción que genere este episodio dirá mucho más que la escena en sí. No sólo sobre un programa de televisión, sino sobre una sociedad que todavía discute infantilmente si el problema del racismo existe o si, simplemente, es una exageración.

