El episodio ocurrió este fin de semana a primera hora de la mañana, cerca de las seis, en un control policial de alcoholemia montado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Nada fuera de lo habitual: conos, móviles, agentes y el procedimiento que se repite habitualmente.
Un conductor fue detenido y recibió el saludo de rigor. “Buen día, control de alcoholemia”. Respondió con normalidad y se dispuso a cumplir. Sin embargo, antes de soplar la pipeta, llegó una pregunta inesperada: “¿Es automático el auto?”. Tras la respuesta afirmativa, el control terminó abruptamente. “Perfecto, entonces siga”…
¿Qué fue eso? ¿Hay algo que no sabemos? ¿La anécdota es verdadera?
La escena, que a simple vista parece absurda, fue contada en redes sociales por el joven Lucas Abriata, economista y periodista especializado en el mundo automotor, creador del sitio “QueAutoMeCompro“.
No se trata de un usuario anónimo ni de un relato exagerado para ganar atención. Es alguien que conoce de primera mano cómo funcionan los vehículos, las diferencias técnicas entre transmisiones y las implicancias prácticas de cada una.
El detalle técnico que cambia todo
En los controles de alcoholemia, el protocolo es así: Si el conductor da positivo, se labra el acta, se le impide seguir circulando y el vehículo queda retenido. El problema aparece en el “después”, una etapa que rara vez se discute en público. ¿Qué se hace con el auto?.
En el caso de los vehículos con caja manual, existe una solución relativamente sencilla. Si aparece un acompañante habilitado, puede continuar la marcha y retirar el vehículo del lugar. El control sigue su curso y la operatoria no se ve afectada. Con los autos de caja automática, la situación es distinta. No cualquiera puede manejarlos y, además, no pueden ser remolcados de cualquier manera sin riesgo de dañar la transmisión.
Eso obliga a quienes integran el control policial a contar con una “grúa con plancha”, carritos especiales y tiempo suficiente para subir el vehículo, trasladarlo a una playa de estacionamiento y repetir el procedimiento al llegar. En un control masivo, con muchos autos en fila y recursos limitados, ese escenario se vuelve un problema operativo serio.

Cuando la logística se impone a la norma
Según explicó el propio Abriata tras el episodio, la decisión policial no parece responder a un favoritismo personal, ni a que se hayan dado cuenta (por instinto) de que no estaba alcoholizado, sino a una lógica práctica, como es la de evitar un cuello de botella con los demás vehículos a ser testeados. A las seis de la mañana, con personal reducido y sin una grúa disponible en el lugar, retener un auto automático implica frenar todo el operativo durante largos minutos.
En ese contexto, algunos controles policiales terminan priorizando la fluidez antes que la aplicación estricta de la ley. El conductor no queda entonces “perdonado” por el tipo de vehículo que maneja, sino que el sistema, en la práctica, elige no complicarse cuando la logística juega en contra.
Esto abre interrogantes incómodos sobre la igualdad ante la ley y la eficacia real de los controles de alcoholemia. Aunque no haya una explicación oficial, el testimonio en redes expudo una vulnerabilidad entre el protocolo escrito y lo que efectivamente ocurre en la calle, donde la falta de recursos puede terminar condicionando decisiones clave.
Y ccomo sucede en la Argentina de los últimos tiempos, los beneficiarios son los que más tienen.

