En el debate educativo contemporáneo, la pregunta sobre quién ejerce la autoridad en las aulas se volvió un terreno de fuertes tensiones y redefiniciones. Durante décadas, el poder escolar se concentró en la figura del docente sin fisuras: lo que decía el maestro no se discutía, un aplazo era responsabilidad exclusiva del alumno y las familias respaldaban el accionar escolar al cien por ciento.
Sin embargo, ese esquema verticalista entró en crisis y dio paso a instituciones donde la palabra y la opinión de los estudiantes tienen un lugar activo a través de consejos y reglamentos de convivencia. En diálogo con el ciclo Parecemos Buenos Amigos, la especialista en Educación Myriam Southwell abordó esta transformación y advirtió sobre los riesgos de confundir la democratización escolar con el retiro de la responsabilidad adulta.
Estamos en un momento en el que a la sociedad le cuesta ser adulta y ejercer el trabajo de adulto
Al revisar cómo se transformaron las dinámicas de poder, la académica recordó que décadas atrás la respuesta era unívoca y descansaba únicamente en la figura del adulto responsable del aula.
No obstante, Southwell rescató que el quiebre de esa rigidez permitió abrir la escuela a discusiones sobre las condiciones de convivencia. “Son escuelas en las cuales se puede discutir sobre las condiciones de convivencia, hay consejos y reglamentos donde los pibes tienen un lugar para que su palabra tenga implicancias y sus opiniones sean tomadas en cuenta”, explicó, señalando que aprender a vivir en democracia también se ejercita dentro del ámbito escolar.
“A la sociedad le cuesta ser adulta”: el temor de las familias a decir que no
Al analizar la dinámica entre el hogar y el colegio, Southwell señaló una problemática cultural que trasciende a las aulas: “Estamos en un momento en el que a la sociedad le cuesta ser adulta y ejercer el trabajo de adulto”.
Según la especialista, este fenómeno se traduce en padres que sienten temor a decir “no” a sus hijos o que buscan ser “amigos” en lugar de asumir una función ordenadora. La investigadora graficó esta situación con ejemplos cotidianos, como los estudiantes que piden ser retirados antes de un examen por no haber estudiado, o los adultos que desautorizan a los docentes frente a los chicos exclamando “tu maestra no sabe nada” o transgrediendo normas éticas básicas en la vida diaria.
“Decir no y entender que la función que uno ocupa no es la de ser amigo de sus hijos es ordenador, porque además los posibilita, los organiza y les permite construir subjetivamente en un marco en el que saben que tienen amparo”, remarcó Southwell.
¿Vale todo en el aula?: El rol ordenador que la escuela no puede abandonar
Frente al interrogante de si la apertura democrática anarquizó la enseñanza o despojó a la institución de herramientas coercitivas, la especialista fue categórica al sostener que dar participación a los estudiantes no significa que “vale todo”.
Decir no y entender que la función que uno ocupa no es la de ser amigo de sus hijos es ordenador
“El poder transformador y de corrección la escuela lo tiene y lo pone en funcionamiento en la medida en que se replantea sus modos de organización”, sostuvo. En ese sentido, aclaró que la existencia de un marco democrático no implica delegar las decisiones institucionales ni renunciar al rol de marcar qué conductas son admisibles.
“Poner límites no es solo una restricción, sino que habilita y ordena un espacio. Decir ‘esto se puede y esto no se puede’ es formativo. Un pibe que vive en una situación de desborde no construye sanamente si no está marcada la cancha”, concluyó Southwell.


