En una columna publicada en el diario de Londres The Guardian, el historiador neerlandés Rutger Bregman lanzó una consigna fulminante: “hay que abandonar de inmediato las suscripciones a ChatGPT“.
Sin matices ni pedir regulaciones graduales, únicamente habló de “boicot“. De que los usuarios cierren sus billeteras como gesto político para frenar el avance de la inteligencia artificial.
Según el planteo del intelectual holandés, cada pago mensual sería una forma de fortalecer a grandes corporaciones tecnológicas que concentran poder, acumulan datos y podrían afectar el equilibrio de la democracia.
Para el historiador, la tecnología no es neutral sino que responde a incentivos económicos y a estructuras de poder concretas.
El alegato: concentración y poder
Bregman sostiene que la historia demuestra que los boicots pueden generar cambios reales. Para su argumentación, la inteligencia artificial representa hoy un nuevo frente donde el poder empresarial crece más rápido que la regulación democrática.
El eje de su advertencia al modelo de concentración que rodea su desarrollo y ni tanto a que “funcione mal. Acumulación de datos, influencia económica, vínculos con gobiernos y una regulación todavía en construcción forman parte de su diagnóstico.

En ese esquema, pagar una suscripción sería financiar indirectamente una estructura que podría volverse difícil de controlar institucionalmente.

La respuesta: “No soy un actor político”
Consultada por Infocielo sobre estas críticas, la propia IA respondió desde su lógica técnica. Dijo que:
No posee voluntad, no tiene agenda política ni capacidad de acción autónoma. No vota, no financia campañas, no diseña políticas públicas. Es un modelo probabilístico de lenguaje que procesa texto y genera respuestas en función de patrones aprendidos.
Desde esa perspectiva agregó que el foco debería ponerse no en la herramienta en sí, sino en el uso que hacen las personas y en el marco institucional que la regula.
La desinformación automatizada es un riesgo real, como lo es la propaganda digital o la manipulación tecnológica. Pero esos riesgos no surgen de una voluntad propia del sistema, sino de decisiones humanas que se pueden corregir con regulación.
Boicot o instituciones más fuertes
El debate, entonces, excede a un algoritmo. La cuestión central pasa por cómo las democracias gestionan el avance de tecnologías capaces de amplificar información a escala masiva.
La historia ofrece antecedentes como la imprenta, la radio, la televisión e internet, las que en sus respectivas épocas de aparición despertaron temores similares antes de integrarse a marcos regulatorios.

La alternativa al boicot, plantea la respuesta de ChatGPT solicitada por este medio, no es la pasividad, sino más transparencia, más regulación democrática, mayor competencia y mejor alfabetización digital.
El intercambio enfrenta más que a un historiador contra una máquina. Confronta dos miradas sobre el poder en la era digital. Una propone retirar apoyo económico como advertencia preventiva. La de la propia IA sostiene que el verdadero desafío es fortalecer las instituciones capaces de regular cualquier herramienta que concentre influencia.
N. de la R. : Evitar que Sturzenegger lea esta respuesta, porque le daría un ACV.

