En el marco del primer aniversario por la muerte del Papa Francisco, el sociólogo e investigador del CONICET, Fortunato Mallimaci participó del programa “palabras más, palabras menos” de La Cielo FM 103.5 para reflexionar sobre lo que dejó la partida del primer papa argentino en la sociedad argentina y en el mundo del catolicismo.
El legado de Bergoglio, definido por una iglesia de salida de los mundos cómodos hacia las periferias existenciales, parece haber encontrado una continuidad disruptiva en su sucesor, León XIV. Este nuevo pontífice, un norteamericano con alma de misionero que vivió años en la extrema pobreza de Chiclayo, Perú, ha roto con la estética del Vaticano. “Dijo ‘¿Dónde está escrito dónde debe vivir el Papa? El Papa debe vivir en el palacio, voy a ir a vivir ahí’”, relata Mallimaci, señalando que el nuevo líder busca “burocratizar” y hacer norma los gestos carismáticos de su antecesor.
La “paz desarmante” frente al poder global
León XIV no solo ha heredado los debates abiertos por Francisco sobre los divorciados o la comunidad homosexual —bajo la premisa de que “todos y todas entren”—, sino que ha llevado la confrontación política a un nivel inédito. Su concepto de “paz desarmada y paz desarmante” lo puso en rumbo de colisión directa con figuras como Donald Trump.
En un cruce que ya es histórico, el Papa le contestó al líder norteamericano tras sus amenazas bélicas que “eso es una barbaridad; nadie puede ser cristiano y matar, nadie puede ser cristiano y bombardear”. Para Mallimaci, León XIV se ha convertido en la “única figura global legítima” capaz de plantarse frente al poderío de Washington, a pesar de las críticas del propio secretario de defensa de los Estados Unidos, quien llegó a decir que el Papa “no es cristiano”.
El “Moisés” argentino y la crisis del catolicismo
Mientras el Vaticano se redefine, en Argentina la relación entre el Estado y la fe vive su propia metamorfosis. El presidente Javier Milei ha mostrado una sobreactuada veneración por el judaísmo, contrastando con sus críticas furiosas a la Iglesia Católica, a la que llegó a calificar como parte de la “casta”.
Mallimaci observa un fenómeno particular en la identidad del mandatario, “él dice Moisés y se siente imbuido de toda la tradición judeocristiana”, actuando bajo la convicción de tener una “misión, un carisma, un llamado”. Esta postura coincide con el fin del financiamiento estatal directo a la Iglesia, una decisión que, aunque ejecutada ahora, “ya venía en el gobierno de los Kirchner, de Macri y de Fernández”.
Sin embargo, el dato más crudo surge de las estadísticas de los últimos años. La Argentina ya no es el bastión católico que solía ser. “Los católicos pasaron de 90, 80, 70; hoy el mundo católico llega al 60 por ciento”, sostiene el sociólogo. Mientras crecen los evangélicos (20 por ciento) y el grupo de personas sin religión. En este escenario de fragmentación, la Iglesia enfrenta el desafío de seguir siendo una referencia en una sociedad que, aunque mayoritariamente cristiana, asiste cada vez menos a los templos.
El futuro se juega en esa tensión entre lo espiritual y lo político, donde, como advierte Mallimaci, las opciones de alineamiento internacional del gobierno actual podrían chocar con la “tradición pacífica de derechos de la Argentina”. Por ahora, la sombra de Francisco y la voz desafiante de León XIV siguen marcando el pulso de una institución que lucha por no quedar “encraustrada en la mirada europea”
A un año del fallecimiento del Papa Francisco, el mapa de la fe global y argentina atraviesa un sismo silencioso. Lo que comenzó como una impronta muy fuerte de un Papa que llegó desde el “fin del mundo”, hoy se consolida en una Iglesia que busca desesperadamente no volver a encerrarse. Según el sociólogo y teólogo Fortunato Mallimaci, Francisco no solo fue el “primero que venía de América Latina”, sino el líder que impuso el concepto de los descartados para denunciar a un mundo que “solo piensa en las finanzas, en el dinero, y descarta a la enorme mayoría”.

