El episodio que involucra a Luciano Castro y Griselda Siciliani no alteró el curso de la historia argentina. Sin embargo, está operando como un ‘revelador involuntario’ de algo más profundo. La conversación pública que le está siguiendo (especialmente en redes sociales) no se centró en la infidelidad. Más bien lo está haciendo en la reivindicación explícita de la monogamia como valor y en la burla hacia las ideas de vínculos abiertos, poliamor y deconstrucción afectiva.
El lema “monogamia o bala”, exagerado y deliberadamente provocador, circula desde el poder político. Justamente por eso resulta significativo, porque parece expresar un estado de ánimo. Como escribió alguna vez Antonio Gramsci, “la crisis consiste precisamente en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. En ese interregno, los gestos reactivos suelen ‘confundirse’ con soluciones.
Cuando la incertidumbre vuelve atractivas las certezas
Desde hace años, buena parte del discurso cultural celebró la flexibilización de las normas afectivas. En teoría, eso implicaba más libertad. En la práctica, en cambio, para muchos jóvenes criados en la precariedad económica y emocional, esa ‘libertad’ se experimentó como desamparo.
Zygmunt Bauman advirtió también este desplazamiento: “La fragilidad de los vínculos es el precio que se paga por la libertad de elegir”. Cuando ese precio se vuelve demasiado alto, la reacción no es sofisticada, sino que se torna regresiva. La monogamia reaparece como “refugio” frente al vértigo.
La historia muestra que las generaciones nuevas no siempre avanzan. A veces retroceden convencidas de estar siendo más audaces que sus antecesores.
Rebeldías que terminaron restaurando el pasado
Un error habitual es suponer que la rebeldía siempre empuja hacia adelante. No es así. Finalizada la Revolución Francesa, el hartazgo con el caos de guillotinas y liberalidades abrió paso a Napoleón, una figura que prometía orden y terminó reinstalando formas imperiales.
En la Alemania de entreguerras, una juventud humillada y sin futuro abrazó un nacionalismo que se presentaba como ruptura y derivó en la tragedia que todos conocemos.
En Estados Unidos, la reacción juvenil contra los “excesos” de los años 60 facilitó el ascenso de Ronald Reagan, cuyo conservadurismo reconfiguró el país durante décadas.
Hannah Arendt fue tajante al respecto: “El deseo de huir de la incertidumbre es uno de los motores más poderosos de las catástrofes políticas modernas”. Ninguno de esos procesos fue leído como error en tiempo real. Todos parecieron, en su momento, respuestas necesarias.
De los vínculos al poder: una lógica compartida
El rechazo al poliamor y a las formas no tradicionales de pareja no ocurre en el vacío. Es hijo de un clima político más amplio. En la Argentina de Javier Milei, buena parte del apoyo juvenil no proviene de una adhesión profunda a un ideario liberal, sino de una reacción contra un mundo adulto percibido como hipócrita, falsamente progresista, discursivo y fracasado.
El problema aparece cuando la reacción sustituye al análisis. Isaiah Berlin advertía que “cuando los seres humanos abandonan la complejidad en nombre de la claridad, suelen pagar un precio alto”.
En el amor, esa claridad se traduce en reglas rígidas; en la política, en liderazgos que prometen orden inmediato sin considerar consecuencias.
En ambos planos, la lógica es idéntica, porque se trata de confundir el poner límites con el encontrar soluciones.
El error que solo se ve después
Ninguna de las generaciones que apoyó a Napoleón, Hitler o Reagan se pensó a sí misma como conservadora. Todas se vieron como rupturistas frente a un presente agotado. El error no fue moral, sino histórico. Creían que el repliegue era progreso.
El caso Castro-Siciliani es irrelevante en sí mismo, pero funciona como síntoma. Revela cómo, incluso en lo íntimo, una generación empieza a preferir fórmulas cerradas, antiguas, supuestamente superadas, frente a la incomodidad de pensar alternativas.
Como señaló Theodor Adorno, “la regresión no siempre se presenta como nostalgia; a veces se disfraza de realismo”.
Un cierre abierto, pero no inocente
Nada de esto implica que el giro actual esté condenado a repetir las tragedias del pasado. Pero la historia enseña algo incómodo, y es que los errores generacionales rara vez se perciben como tales mientras están ocurriendo. Suelen ser defendidos como sensatez, madurez o sentido común.
Años después, cuando los efectos se hacen visibles, la pregunta reaparece: cómo una generación que se creía rebelde terminó eligiendo el camino más previsible.
En este 2026, esa respuesta todavía no está escrita. Pero las señales (en política, en los vínculos, y hasta en el lenguaje) ya están a la vista. Y la historia, cuando se la ignora, suele insistir. Salir del “caos poliamoroso”, o del “progresismo bobo” con ideas conservadoras, nunca hizo avanzar a la humanidad, sino más bien todo lo contrario.

