En una sala del cuarto piso del Hospital Ramos Mejía, entre monitores, tubos y suspiros contenidos, un muñeco de El Eternauta alienta su recuperación al lado de Pablo Grillo.
No es un adorno casual: fue un regalo de su colega y amigo, el fotógrafo cubano-argentino Kaloian Santos Cabrera, que lo visitó en su internación después de que la ya lamentablemente famosa granada de gas lacrimógeno disparada por Gendarmería lo hiriera gravemente mientras trabajaba, cámara en mano, durante aquella brutal represión frente al Congreso de la Nación.
El Eternauta, personaje emblemático de la historieta argentina creada por Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López en 1957, está más vigente que nunca. Mientras Netflix lo reversiona en una megaproducción internacional, hay quienes lo traen de nuevo al presente desde la calle y el corazón.
“El único héroe válido es el héroe colectivo”, escribió Oesterheld, y esa frase resuena con fuerza en la historia de Pablo Grillo, quien hoy lucha por su recuperación rodeado de afecto, solidaridad y memoria.
EL COMPAÑERISMO DE LOS FOTÓGRAFOS
Kaloian, quien logró capturar en una imagen el instante en que su amigo era herido por las fuerzas de seguridad, y eso le costó su empleo, compartió en redes sociales un texto profundamente emotivo tras su visita. En él, relató no sólo el estado de Pablo, sino el clima humano que lo rodea, una suerte de resistencia íntima que florece incluso en la adversidad.
“Una vez al ‘Negro’ Fontanarrosa le preguntaron qué deseaba para su hijo. Y él, sin dudar, respondió: ‘Deseo que los amigos se pongan felices cuando lo vean venir’. Esa imagen me vuelve cada vez que paso por el cuarto piso del Hospital Ramos Mejía y veo a quienes se acercan, cada tarde, a visitar a Pablo Grillo”.

El gesto de llevarle a Juan Salvo —el nombre del personaje central de El Eternauta— tiene un significado que excede lo simbólico. En un contexto donde la violencia estatal vuelve a ser parte del paisaje político argentino, el muñeco funciona como una especie de talismán. “Porque estás hecho de la misma materia que los abrazos que curan. Y de esas ganas tercas de seguir”, escribió Kaloian, en una dedicatoria que también es una declaración de principios.
LA ANALOGÍA CON EL ETERNAUTA
Grillo, reportero gráfico comprometido, ‘hermano de militancias’, caminante de marchas, supo estar siempre en la primera línea de fuego, no por audacia temeraria, sino por convicción ética: contar lo que pasa desde el territorio. Por eso fue herido. Por eso hoy su nombre recorre redacciones, redes sociales, pasillos de hospitales. Y por eso también lo visitan a diario decenas de amigos, colegas y familiares, que forman una cadena invisible pero resistente.
“Algo habrán hecho bien Mari y Fabián, sus padres; Emi, su hermano mayor; y el propio Pablo. Algo sembraron en tantos años de abrazos, de fotos, de marchas compartidas, de compromiso con lo justo. Porque hay que haber querido mucho y haberse dejado querer más para que, incluso en el dolor, florezca tanta ternura alrededor”, escribió también Kaloian.
En esta historia —como en la del Eternauta original— no hay un héroe solitario, sino una comunidad que resiste junta. “Te esperamos afuera. En la calle. Entre la multitud. En el lugar donde siempre estuviste: mirando a través del visor y dándole sentido a lo que vemos”, cierra el texto.
Mientras en las pantallas de streaming el Eternauta enfrenta una nevada mortal en una Provincia de Buenos Aires distópica, en la ciudad real Pablo Grillo pelea su propia batalla, acompañado por los suyos, con un pequeño Juan Salvo en la mesa de luz y la certeza de que nadie se salva solo.

