Eran las 7:30 de la mañana en Pijao, un pequeño pueblo del Eje Cafetero, cuando el mundo de Macarena Moscoloni se sacudió violentamente. Esta argentina, que reside en Armenia pero se encontraba de paseo, despertó con un estruendo que marcó el inicio de una pesadilla. En los estudios de LA CIELO participó de una comunicación telefónica con el programa “Palabras más, palabras menos” contando su experiencia en el momento que transcurrieron los hechos.
El despertar del caos
El sismo de magnitud 7.4 no dio aviso previo. “La puerta se reventó, se abrió como si alguien le hubiera dado una patada”, relata Macarena sobre el primer instante del temblor. Sin tiempo para vestirse, la joven actuó por puro instinto, “manoteé el celular que estaba al lado mío y así como estaba, en pata, salí corriendo”.
El descenso por el hotel fue una odisea física. “Tuve que bajar dos pisos por escalera… hagan de cuenta que estaba en un samba, me costó mantenerme en pie mientras caían pedazos de pared alrededor. Era una película de terror”, describe con angustia. Al llegar a la calle, el panorama no era de alivio, sino de desolación compartida, “me quedé ahí abrazando a una mujer mayor que estaba a los gritos en el medio de la calle llorando. Yo estaba en shock, todavía no caía”.
El dilema del puente y la ignorancia del peligro
En medio del pánico, el entorno geográfico se volvió una amenaza. “Quería salir corriendo, pero tenía un puente al lado que abajo había un río. Me pareció la peor idea del mundo pasar por ahí”, explica Macarena, quien optó por refugiarse en una vereda sin construcciones cercanas.
A pesar de haber investigado sobre Colombia antes de mudarse, admite que desconocía la vulnerabilidad de la zona, “jamás en la vida investigué esta parte, no sabía que era un lugar con tanta actividad sísmica. Me enteré cuando llegué acá”. Incluso, tras el primer gran sismo, subió a un autobús media hora después creyendo que lo peor había pasado, “iba viajando por medio de la montaña pensando que estaba a salvo, huyendo, pensando que el terremoto solo había sido en Pijao, la ignorancia mía era como ‘listo, ya frenó'”.
Armenia: Una ciudad en pausa y sin agua
Al regresar a Armenia, la situación reveló la escala real del desastre. Aunque su edificio resistió gracias a las normas de construcción implementadas tras el terremoto de 1999, las secuelas son visibles, “en el departamento que estoy se resquebrajaron las paredes un poco”.
La vida cotidiana se ha vuelto una lucha por recursos básicos. “Agua está costando conseguir, que es de las cosas que más se necesitan acá, tenemos agua en este edificio pero no es bebible”, señala Macarena. El panorama urbano es desolador, con comercios cerrados y familias viviendo a la intemperie, “hay gente que está sin casa, están durmiendo en carpas en los parques o fuera de los edificios porque ya no son habitables”.
“Me quiero despedir”: El trauma de la soledad
El impacto emocional es, quizás, la grieta más profunda. Macarena confiesa vivir en un estado de alerta permanente, “estoy durmiendo con las zapatillas puestas, con la riñonera puesta, con todos mis papeles y la plata, cosa de que si pasa algo, salgo corriendo con eso”.
La distancia de su familia en Argentina agravó el miedo durante el minuto que duró el temblor. “Suena muy dramático, pero lo único que atiné fue a pensar, ‘me quiero despedir de mi familia'”. Sus padres, desde la Patagonia y la provincia de Buenos Aires, han sido su sostén telefónico, cuenta Macarena que “han sido mi soporte estos días porque realmente estaba muy angustiada, yo ya me quería ir al aeropuerto y sentar en un avión para volverme a Argentina”.
Un futuro incierto en el paraíso
Aunque cuenta con el apoyo de sus vecinos, quienes le llevan arepas y chocolate para acompañarla, la duda sobre su permanencia en el Eje Cafetero persiste. “Es un lugar paraíso, es hermoso, pero tener esa sensación de que en cualquier momento puede pasar esto, me genera mucha angustia”, admite.
Con una visa por dos años, Macarena evalúa si sus proyectos vinculados al café pueden continuar en una zona menos sísmica de Colombia o si el miedo terminará por devolverla a casa, “en este momento tengo un pánico horrible, no estoy durmiendo”. Mientras tanto, cada réplica es un recordatorio de la fragilidad de la paz en la montaña.

