El escenario fue el canal de streaming Carajo, un espacio de confort habitual para Javier Milei, donde la cercanía de los entrevistadores condescendientes suele actuar como un bálsamo para su habitual irritabilidad. Sin embargo, la comodidad del entorno no mitigó la virulencia de un discurso que, por momentos, pareció prescindir de los filtros más elementales que requiere la investidura presidencial.
Con una mirada fija y un tono que oscilaba entre la agitación y el desprecio, el mandatario elegido por el pueblo descargó una serie de agravios contra Débora Plager, una periodista que, paradójicamente, fue fundamental en la construcción mediática de su figura los últimos años, y que aún hoy sostiene a rajatabla gran parte de su relato.
“¿Alguien le puede informar a Plager que es cómplice de asesinato?”, lanzó el jefe de Estado, interrumpiendo el flujo de la conversación con una seguridad que inquieta por su falta de matices.
El eje de su diatriba fue la postura de la comunicadora respecto a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Para el Presidente, la caída en la tasa de natalidad no es un fenómeno demográfico complejo, sino el resultado directo de una matanza sistemática de la que la prensa es responsable y cómplice a la vez.
El lenguaje del desprecio
La descalificación no se detuvo en lo ideológico, sino que se sumergió en el terreno de la injuria personal más cruda. “Esa sorete (siempre hablando de Plager) también se queja de que la jubilación es una mierda”, disparó Milei, evidenciando una intolerancia absoluta ante cualquier atisbo de crítica sobre la situación económica de los adultos mayores, incluso si proviene de voces que suelen serle complacientes.
Esta reacción espasmódica ocurre cuando uno de sus comunicadores aliados se permite salir, aunque sea mínimamente, del libreto que el entorno presidencial dicta como verdad absoluta.
Resulta inevitable que el lector reflexione sobre el abismo de estándares institucionales que separa este presente de años anteriores. Resulta difícil imaginar el estruendo social y mediático que se habría desatado si, en otro tiempo, una mandataria como Cristina Fernández de Kirchner se hubiera referido en estos términos a una periodista mujer, acusándola de crímenes de lesa humanidad por sus opiniones.
El costo de la disidencia
El ataque es una nueva muestra de un mecanismo de disciplinamiento recurrente, como es la sanción pública inmediata para quien se atreve a señalar las grietas de la gestión. “Si tenés una caída semejante es porque hiciste un genocidio. Bueno, la señora Plager es cómplice de eso, de todos esos asesinatos”, sentenció el mandatario, vinculando la labor profesional de la comunicadora, hoy en LN+con el exterminio.
“En temas de aborto, la sociedad argentina hizo un desastre… hizo un desastre para que vos tengas semejante caída en la tasa de reproducción”, insistió, reafirmando una visión del mundo que criminaliza el ejercicio periodístico.
El descalabro verbal, lejos de ser un exabrupto aislado, parece consolidarse como la respuesta oficial ante una prensa que, incluso habiéndolo encumbrado, hoy empieza a sufrir el atropello de su propia creación.

