La persistente malaria argentina tiene una virtud: es una gran destructora de categorías analíticas. En los últimos años, la ciencia política de manual nos explicó que el ascenso de Javier Milei se debía al fenómeno global del outsider, ese emergente que capitaliza el hartazgo de una sociedad condenada a ver la historia transcurrir en círculos. Hoy, con la perspectiva que da el diario del lunes —y una realidad social que cruje—, esa definición empieza a quedar peligrosamente corta mientras surgen nuevas preguntas.
A esta altura de 2026, discutir los resultados del experimento libertario es casi un ejercicio de sadismo. La motosierra no fue un bisturí quirúrgico; fue un elemento de demolición que pegó donde más duele: en los trabajadores, en los jubilados, en las personas con discapacidad. El mercado interno fue aniquilado; a pesar del maquillaje estadístico, la desocupación y la pobreza escalaron a niveles de emergencia, y la política exterior consistió en entregar recursos estratégicos a los Estados Unidos a cambio de prácticamente nada. No llegaron inversiones, ni la Argentina ganó peso en alguna discusión global relevante. Apenas logró un puñado de fotos que dicen menos de lo que esconden.
Ante este paisaje desolado, la conclusión más cómoda para la corporación política tradicional es el repliegue corporativo: “Vieron, los de afuera son peligrosos, mejor volvamos a los de siempre”. Pero el diagnóstico es tramposo. ¿El fracaso estrepitoso de Milei demuestra que cualquier alternativa extrapartidaria es nociva? No. En todo caso nos obliga a nuevas preguntas. Esta, por ejemplo: ¿todos los outsiders son iguales? La pregunta es obligatoria porque el hartazgo contra la política tradicional persiste, a pesar del desempeño libertario.
El problema con el actual ocupante de la Casa Rosada no era su falta de afiliación partidaria, sino su alarmante falta de densidad. Estamos hablando de un personaje sin historia política, de acuerdo, pero tampoco académica, ni empresarial. Ni siquiera puede exhibir un recorrido exitoso en el plano personal o familiar. A sus más de 50 años, su estructura de contención y su vínculo más firme empieza y termina en su hermana, otra figura sin antecedentes de logro alguno hasta que el azar del voto popular la depositó en la cúspide del Estado.
Sin embargo, hay otros “afuera” posibles. En el ecosistema del poder real argentino, coquetean con la idea del desembarco figuras que habitan los márgenes del sistema político pero que, a diferencia del elenco gobernante, tienen marcas de éxito reales en el lomo. Empresarios que se reinventaron varias veces, que conocen de cerca la botonera del Estado sin haber sido empleados públicos y que entendieron los límites del péndulo que destruye a la Argentina.

Ahí está, por caso, Daniel Hadad. El dueño de Infobae construyó un emporio informativo que hace rato trascendió las fronteras nacionales para posicionarse a la vanguardia del periodismo de habla hispana. Hadad no necesita que un algoritmo le valide la existencia: se habla de tú a tú con los CEOs globales más importantes, innova permanentemente en la frontera tecnológica y se convirtió, casi en silencio, en un referente de lo que la Argentina puede proyectar al mundo cuando hay método y no solo mística de red social.
En otra botonera se mueve Jorge Brito. Heredó el imperio financiero de su padre y, lejos de la siesta del heredero, lo hizo más poderoso: banca, inversiones diversificadas en todo el territorio y la gestión de un transatlántico como River Plate. El club de Núñez es, en los hechos, una ciudad intermedia: sus casi 300 mil socios lo colocarían holgadamente en el pelotón de arriba del ranking de población de los municipios bonaerenses. Para conducir eso se necesita gestión, negociación, innovación y aguante.
El caso de Hadad resulta especialmente interesante. Con 64 años y un liderazgo indiscutido en la industria de la comunicación, se define como “liberal decimonónico”. En algunas entrevistas que fue dando en los últimos años plasmó una identidad política que, si bien abraza las ideas de libertad, sostiene que estas deben ir acompañadas de conductas éticas y un Estado que garantice una “similitud de posibilidades al menos en la largada de la carrera”. Desde esta perspectiva, establece una distancia crítica con Javier Milei, a quien describe como un economista con “una cierta obsesión con cómo el mercado soluciona todo”, cuestionando la idea de un Estado prescindente en áreas estratégicas como la infraestructura y la formación. Para Hadad, la función pública argentina atraviesa una crisis de profundidad, advirtiendo que “ser un gobernante es un poquito más que ir ponerse una corbata, dar una conferencia de prensa y cobrar un sueldo”.
En términos de inserción internacional, Hadad valora el actual alineamiento con los Estados Unidos como un “asset positivo” para el país, considerando que la alianza con el movimiento MAGA supera en fortaleza a la que tuvo la Argentina en los años 90. No obstante, su análisis geopolítico advierte que el poder estatal está siendo eclipsado por un “tecnocapitalismo” o “tecnofeudalismo”, donde corporaciones tecnológicas poseen una cotización que triplica o cuadriplica el PBI de países como Argentina o Brasil. Este nuevo orden plantea desafíos de soberanía inéditos, obligando a preguntarse “quién es más poderoso hoy, el presidente de un país… o el señor Elon Musk“.
Su diagnóstico sobre la sociedad argentina se centra en una “obsesión” por la educación, calificando como una “barbaridad” que actualmente “uno de cada tres no entiende lo que lee”. Denuncia que la dirigencia política está desconectada de los desafíos de la cuarta revolución industrial, ya que “nadie habla de educación como nadie habla de inteligencia artificial” en el debate público. Hadad advierte que, si no se eleva la calidad del debate y se reforma el sistema formativo, el país se enfrentará inevitablemente a “una ola de desocupación mucho más alta de la que podemos tolerar” debido al reemplazo tecnológico del trabajo.
Se trata de una sumatoria de preguntas y planteos que la política tradicional esconde —posiblemente porque no sabe cómo abordar—, mientras sigue enfrascada en internas que tienen mucho de terapia personal y casi nada de consistencia programática, es inevitable. Frente a un Estado que no da respuestas y una dirigencia que no renuncia a sus privilegios de casta —la de verdad—, el dilema no es si el próximo presidente vendrá o no de la política.
El verdadero interrogante es si la sociedad, agotada de los charlatanes de feria que confunden el superávit con la paz de los cementerios, sabrá distinguir entre el outsider que llega para dinamitar el sistema porque no tiene nada que perder, y aquel que busca ordenarlo porque tiene mucho que cuidar.

