Mientras las bombas estadounidenses caen sobre Caracas este 3 de enero, y las fuerzas especiales capturan al presidente de Venezuela Nicolás Maduro, la grieta política argentina ya está abriéndose en tiempo real, a través de 280 caracteres.
Un intercambio en X entre el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, y el ministro del Interior de la Nación, Diego Santilli, transformó entonces la invasión más directa sobre territorio sudamericano en el campo de batalla retórico para introducir por parte del ahora funcionario de Javier Milei al conflicto político doméstico, evidenciando una desmesura de principio a fin.

El hecho desencadenante: Una intervención sin precedentes
El contexto no podía ser más dramático. Donald Trump anunció una “operación a gran escala” contra Venezuela, que culminó con la detención y extracción del país del líder chavista, quien “enfrenta cargos” por narcotráfico en Nueva York.
La acción, justificada por Washington como una persecución judicial contra un criminal internacional, fue denunciada por Rusia, Irán y buena parte de la comunidad latinoamericana como una violación flagrante de la soberanía y del Derecho Internacional.
El mundo observa, consternado (o esperanzado), el primer derrocamiento por la fuerza de un gobierno en la región en décadas. Y a cara descubierta.
El primer disparo: La condena institucional de la provincia
En este escenario de alta tensión, Axel Kicillof, tomó posición. “La Provincia de Buenos Aires condena el accionar militar de Estados Unidos en Venezuela“, escribió.
Apeló al principio de no intervención y al Derecho Internacional, en una línea coherente con la tradición diplomática argentina y la postura de varios gobiernos regionales. Su mensaje, con más de 100 mil visualizaciones, buscó ubicarse en el terreno de los principios universales.
Descalificación y amenaza desde el Gobierno nacional
La respuesta no tardó y no vino de un troll anónimo o un militante. La escribió Diego Santilli, el número dos de la administración de Javier Milei, el hombre que coordina el la política interior y se relaciona con gobernadores: “Siempre del lado de los DICTADORES, DELINCUENTES y NARCOTRAFICANTES”, fue su desafiante y agresiva réplica.
Con ese mensaje, Santilli logró varias cosas a la vez. Primero, elevó el choque a un nivel institucional máximo: ya no era un cruce entre un gobernador y un opositor, sino la voz oficial del Poder Ejecutivo Nacional confrontando a un gobierno provincial.
Segundo, cambió por completo el marco del debate: no discutió sobre soberanía o legalidad internacional, sino que enmarcó la condena de Kicillof como una muestra de afinidad moral con regímenes criminales. Al hacerlo, validó y adoptó la narrativa de Trump, que presentó la invasión como una operación policial global contra un narco-dictador, no como un acto de guerra.
El remate: La promesa que traslada la guerra a casa
Pero el tuit de Santilli no terminó allí. Su frase final golpeó como un trueno en el plano político local: “El año que viene vamos a liberar también a la Provincia de Buenos Aires”.
Esa palabra, “liberar”, cargada de un simbolismo potentísimo en ese preciso momento, estableció un paralelismo deliberado y explosivo.
Así como Estados Unidos “liberó” a Venezuela de Maduro, el gobierno nacional “liberará” al principal distrito electoral del país del gobierno de Kicillof. Es más que un eslogan de campaña: es una declaración de que la pelea política doméstica es una extensión de la confrontación global entre lo que el oficialismo describe como el “eje de la libertad” y el “eje del populismo autoritario”.
Este intercambio fugaz pero densísimo revela que, para la Argentina de 2026, no habrá frontera entre lo internacional y lo local. La invasión a Venezuela, en su formato más extremo, sirvió como catalizador para que ambos bandos reafirmaran sus identidades antagónicas. Y para que el ejecutivo nacional “se plante a lo Trump”, buscando avasallar a quienes se les opongan.
Por un lado, el gobierno de Milei, a través de Santilli, consolida su giro de alineamiento incondicional con Estados Unidos y su doctrina de intervencionismo judicial-militar, despreciando las normas multilaterales que durante décadas rigieron la política exterior argentina.
Por el otro, la oposición nacional o el oficialismo provincial (como prefiera verse) representado por Kicillof, se aferra a esos principios como un bastión de resistencia, tanto frente a lo que ve como imperialismo foráneo como ante lo que considera un gobierno local alineado con él.
En última instancia, el tuit de Santilli no fue solo una respuesta. Fue un manifiesto. Un documento en tiempo real que muestra una país donde la política exterior es “batalla cultural”, la grieta es una trinchera global, y la próxima pelea, promete el mismísimo ministro del Interior, se librará en las calles de la Provincia de Buenos Aires.

