El historiador y antropólogo Germán Soprano explicó el rol del general Martín Balza en la represión de los levantamientos carapintadas de fines de los 80 y principios de los 90, y la transición de un modelo que encarnaron Aldo Rico y Mohamed Alí Seineldín a uno que respeta las normas de la democracia.
Entrevistado en el stream político Parecemos Buenos Amigos, de Infocielo Play, el académico consideró a Balza como “una figura clave en lo que fue el final de la crisis institucional y profesional de las Fuerzas Armadas a consecuencia de la crisis por colapso del gobierno de la última dictadura y de la guerra de Malvinas”.
Soprano subrayó que Balza tuvo la tarea de “reprimir a sus camaradas” durante los alzamientos de 1987, 1988 y 1990, y expresó, junto al general Bonnet y un grupo de oficiales y suboficiales, “la adecuación de las Fuerzas Armadas al orden constitucional y democrático contemporáneo”.
Al analizar a los líderes carapintadas, el académico diferenció su solvencia técnica de su concepción política. Remarcó que, si bien en el plano estrictamente operativo tanto Aldo Rico como Mohamed Alí Seineldín fueron “muy buenos profesionales militares”, quedaron atrapados en la matriz de pensamiento que dominó a las Fuerzas Armadas entre 1930 y 1983.
“Siguieron obrando como obraban los oficiales en ese período, bajo la idea de que ‘tenemos los fierros y tenemos capacidad para negociar'”, explicó el investigador del CONICET. Según la reconstrucción realizada en la entrevista, ambos dirigentes encarnaban la doctrina de considerarse “la encarnación espiritual de la nación” o, en términos más directos, la convicción corporativa de que “nosotros somos la patria”.
Esta concepción, según detalló Soprano, abreva en la alianza gestada en la década de 1930 entre las Fuerzas Armadas y sectores del catolicismo integralista, un proceso que el historiador italiano Loris Zanatta definió bajo el concepto de la “Nación Católica”.
Soprano enmarcó la virulencia del conflicto en la particularidad de la transición democrática argentina. A diferencia de los procesos observados en Chile, Brasil o Uruguay —donde las cúpulas castrenses lograron acordar una retirada ordenada—, la Argentina atravesó lo que el politólogo Guillermo O’Donnell definió como una “crisis por colapso” tras la derrota en la Guerra de Malvinas.
Ese quiebre desencadenó una severa crisis profesional e institucional que tensionó al gobierno de Raúl Alfonsín y al comienzo de la gestión de Carlos Menem. La respuesta de Balza, Bonnet y un grupo de oficiales fue comprender que la contestación a las autoridades elegidas por las urnas y la generación de inestabilidad política “ya no eran conducentes”.
Ese quiebre histórico permitió inaugurar un ciclo inédito en la historia nacional: desde aquella jornada de diciembre de 1990 hasta la actualidad, las Fuerzas Armadas han mantenido una adecuación ininterrumpida al orden democrático y a la Constitución Nacional.


