El posteo que Donald Trump lanzó este 28 de noviembre terminó de armar un rompecabezas que, visto desde nuestro país, resulta demasiado familiar. Este viernes el presidente de Estados Unidos (con su habitual estilo megáfono) unió dos cosas al hilo: endureció la persecución contra Nicolás Maduro por “narcoterrorismo” y anunció el indulto al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, ya condenado en la justicia norteamericana por narcotráfico el año pasado.
Pero para los argentinos hay un tercer elemento que completa el cuadro: lo que Trump ya hizo con Javier Milei antes de las legislativas de octubre, cuando condicionó la ayuda económica a que ganara “el candidato correcto”, lo volvió a decir explícitamente ahora para las próximas elecciones en Honduras.
Por ese motivo perdonará al ex mandatario de derecha. Además anunció que ayudará económicamente al país de Centroamérica, si (y solo si) gana el partido del ex presidente condenado por narcotraficante (igualito a “mi Santiago”, diría algún folclorista).
EL PLAN CÓNDOR REMASTERIZADO
La paradoja está servida: castigo y operaciones militares para los que incomodan, clemencia y plata para los aliados. Y en el medio, también el ejemplo reciente de Argentina.
Cuando Trump decidió meterse de lleno en la campaña de nuestro país, lo hizo sin sutilezas. Primero posteó diciéndole a los argentinos: “Javier es un tipo fantástico. Argentina tiene la chance de volver a ser grande si lo apoyan”. Después, en una entrevista breve con el libertario, largó otra consigna aún más condicionante: “Estados Unidos va a ayudar mucho a la Argentina, pero ustedes tienen que elegir a la persona correcta”.
No era un apoyo simbólico: era una presión explícita…y surtió efecto. Ayuda económica, inversiones, respaldo político… pero solo si Milei ganaba. En Washington lo disfrazaron como “alineamiento estratégico”, pero en Buenos Aires quedó claro que era un apriete electoral hecho y derecho.
Político de derecha es “siempre inocente” para Trump
Ese mismo patrón se repite ahora con Honduras. Al anunciar el indulto para Hernández, Trump escribió que el expresidente había sido “tratado muy severamente e injustamente” desautorizando a la propia justicia de su país, y lo justificó diciendo que “Honduras necesita recuperar el rumbo y apoyar a quienes tienen valores firmes”. Traducido: si gobiernan los suyos, hay premios; si no, castigos.
Venezuela: enemigo útil
La campaña contra Maduro venía creciendo desde mediados de noviembre, pero explotó al mismo tiempo que anunció el indulto hondureño.
Trump acusa públicamente de encabezar “una organización narcoterrorista” al líder de Venezuela y anunció que Estados Unidos se reserva “todas las acciones necesarias” para frenar “el flujo de cocaína controlado por el régimen”.
En otro posteo, remató: “Maduro es una amenaza directa y será tratado como tal”.
Esa fue la señal para poner en marcha un paquete entero de medidas: cierre total del espacio aéreo venezolano, despliegue de flotas en el Caribe, intercepción de embarcaciones y el ruidoso anuncio de que el Pentágono ahora tiene “nuevas opciones operativas” para ir tras lo que llaman el Cartel de los Soles.
El contraste con lo que pasó con el ex presidente de Honduras, Hernández, es imposible de ignorar: a uno lo persiguen con barcos, drones y sanciones; al otro lo perdonan aunque un tribunal estadounidense lo condenó por facilitar toneladas de cocaína hacia el norte.
¿Y por casa?
Exactamente lo mismo, pero con otra envoltura.
Cuando Milei necesitaba oxígeno económico para llegar a las legislativas, Trump dejó flotando la promesa de un paquete de ayuda “muy generoso”. Lo dijo él mismo: “Vamos a apoyar fuertemente a Argentina si su gobierno continúa en el camino correcto”. Y el camino correcto, según él, era uno solo: que Milei ganara.
En la práctica, fue un empujón político externo en plena campaña interna. El mensaje era claro: si gana el libertario, hay plata; si no, no. Y eso no es cooperación internacional, es intervención electoral.
Un método: presión, premios y enemigos funcionales
Puestos uno al lado del otro, los tres casos muestran un patrón demasiado evidente:
Con Venezuela, Estados Unidos despliega una narrativa militarizada, acusaciones de narcoterrorismo y operaciones navales.
Con Honduras, perdona a un expresidente condenado por narcotráfico porque su aliado político puede volver al poder.
Con Argentina, anunció ayuda económica solo si Milei gana las elecciones que el propio Trump consideró “estratégicas”, lo mismo que ahora promete a Honduras.
No es una política exterior basada en principios. Es una política exterior basada en preferencias ideológicas: castigo para los gobiernos de izquierda, indulgencia para los gobiernos de derecha, premios para los que garanticen alineamiento.
La pelea contra el narcotráfico aparece, entonces, como un eslogan utilitario, no como un criterio real. Si Maduro es acusado de narco, hay despliegue militar. Si Hernández fue condenado por narco, se lo indulta. Y si Milei necesita apoyo para consolidarse políticamente, aparece la “ayuda”.
Del golpe a la presión fina
En los 70, la intervención estadounidense era torpe y violenta: golpes de Estado, dictaduras amigas y operaciones encubiertas mal disimuladas.
Hoy el método cambió, incluye redes sociales y medios de comunicación amigables, permeables y cómplices, pero la intención es la misma: influir en los gobiernos y sobre todo sus políticas económicas, condicionar las decisiones soberanas y esta nueva práctica de usar el narcotráfico como etiqueta selectiva. Como en su momento fueron las armas químicas de Sadam esgrimidas por George Bush y que nunca existieron.
Milei, Honduras y Venezuela quedan así unidos por el mismo hilo: una política estadounidense que castiga o premia según alineamiento ideológico. Y este último posteo de Trump, no hizo más que confirmarlo.

