Corrían los años 30 en la Unión Soviética y la historia se reescribía a fuerza de tijeras, pinceles y burdos retoques fotográficos. Iósif Stalin, el líder indiscutido del régimen comunista tan odiado por Milei eliminaba físicamente a sus enemigos, y también los hacía desaparecer del registro visual.
En esas fotos en blanco y negro, donde antes estaba León Trotsky, su exaliado y posterior adversario, quedaban espacios vacíos. Los fondos aparecían mal reconstruidos y las figuras grotescamente editadas.

La técnica, rudimentaria pero efectiva, era una manifestación del poder absoluto: si Stalin decía que alguien nunca existió, entonces, nunca existió.
LA MISMA TÉCNICA DE MILEI
Casi cien años después, en un giro irónico, un líder que se autoproclama el mayor enemigo del comunismo replicó la estrategia del dictador soviético.
Javier Milei, fervoroso fan de Trump, borró de sus redes sociales todas las fotos en las que aparecía con Volodímir Zelenski, el presidente de Ucrania.
Hasta hace unos meses, Milei no perdía oportunidad de abrazarlo, llamarlo “mi amigo” y mostrarse a su lado en cada foro internacional. Pero el clima político cambió y con él, la memoria visual del mandatario.
El detonante de esta reeditada “purga digital” fue la reciente y tensa reunión entre Zelenski y Trump en la Casa Blanca. En un hecho inédito, la discusión entre ambos líderes quedó registrada en video y expuso una grieta insalvable.
Trump, ahora nuevamente en la cúspide del poder estadounidense, dejó en claro que no enviará más armas ni ayuda económica a Ucrania.
Su posición es tajante: la guerra debe terminar, y el apoyo irrestricto a Kiev, bandera de la administración Biden, llegó a su fin.
Milei, cuya devoción por Trump roza lo escolar, no tardó en alinearse. Como el alumno que teme contrariar al líder de la clase, su gobierno comenzó a imitar las decisiones de Washington de manera automática.
Primero salir de la OMS, luego cambiar el sentido de su voto en la ONU y, ahora, borrar a Zelenski de su historia.
LA “PURGA” MILEÍSTA
En un movimiento propio de los regímenes autoritarios que tanto dice detestar, Milei aplicó su versión moderna de la purga estalinista. Si Stalin mandaba a sus enemigos al olvido con retoques burdos y manipulaciones fotográficas primitivas, Milei simplemente hizo clic en “eliminar”.
La comparación no es gratuita. Stalin también borró a Trotsky de las fotos. Pero además lo persiguió hasta el exilio en México, donde finalmente fue asesinado con un piolet en 1940 por orden del dictador soviético.
Zelenski, por supuesto, no teme por su vida a manos de Milei, pero sí está siendo víctima de una “desaparición digital”.
Sus imágenes con el libertario se esfumaron como si nunca hubieran existido. Todo da a entender que aquel lazo de amistad proclamado con tanta vehemencia se disolvió en la nada.
El caso no pasó desapercibido. Medios internacionales señalaron el cambio de postura de Milei y su repentino olvido de Ucrania. Aquí, los más atentos notaron la contradicción de un mandatario que aborrece al comunismo, pero adopta sin pudor sus métodos más oscuros cuando le conviene.
Porque en definitiva, la historia se reescribe como farsa o de muchas maneras. Pero algunas prácticas—como la purga de aliados incómodos—parecen no tener ideología.

