El cambio climático dejó de ser una abstracción científica o una amenaza para las próximas generaciones, es una realidad con importantes consecuencias para las ciudades que se han convertido en hornos; las sequías que dejan costos en la producción, ya no son baches estacionales sino condenas prolongadas, y las inundaciones, antes extraordinarias, ahora visitan los barrios con una frecuencia calcada.
En el marco del Día Mundial del Ambiente, que se conmemoró el pasado 5 de junio, bajo el lema “Por el clima YA”, especialistas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) advierten que el planeta ya se calentó 1,2°C respecto de la era preindustrial. Aunque la cifra parece un suspiro en la escala un termómetro corporal, sus consecuencias ya están rediseñando la economía, los ecosistemas y la vida de millones de personas. Lo que se decida en esta década determinará si el fin de siglo será crítico o directamente inhabitable.
La aceleración del termómetro global
“Desde mediados del siglo pasado la temperatura media global aumenta de manera sostenida”, explica la Dra. Josefina Blázquez, docente de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la UNLP y especialista en Ciencias de la Atmósfera.
Los datos que maneja Blázquez son alarmantes, el ritmo del calentamiento se multiplicó por seis en las últimas décadas, pasando de 0,06°C a 0,36°C por decenio. No es casualidad que 2023, 2024 y 2025 se hayan coronado como los años más cálidos de la historia reciente.
- Sin embargo, la científica aclara que la fiebre es solo el síntoma más visible. El concepto de “cambio climático” implica una metamorfosis integral de la atmósfera, cambian las precipitaciones, la humedad, los vientos, se reduce el hielo planetario y se eleva el nivel del mar. La muestra más brutal de este nuevo escenario es la violencia y frecuencia de los eventos extremos.
La comunidad científica no duda, el motor de este cambio es antropogénico. Los niveles de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera actual no tienen precedentes en los últimos 800 mil años.
El aire que supimos conseguir: la huella humana
- La responsabilidad se reparte en un podio químico bien definido, dióxido de Carbono (CO_2), representa el 75 por ciento de las emisiones mundiales, generado por la quema de petróleo, gas y carbón para energía y transporte, sumado a la deforestación. En tanto, el
- metano (CH_4) es el responsable del 18 por ciento del calentamiento, estrechamente ligado a la ganadería intensiva y la gestión de residuos y, el
- óxido Nitroso (N_2O), impulsado por el uso de fertilizantes agrícolas y procesos industriales.
¿Una atmósfera neutral? La mirada crítica desde el Sur Global
Mientras la meteorología tradicional mide los gases, la geografía humana cuestiona quién los emite y quién sufre las consecuencias. Desde el Centro de Investigaciones Geográficas (CIG) de la UNLP-CONICET, la Mg. María Inés Botana y el Esp. Edgardo Salaverry proponen una lectura política y territorial del fenómeno.
Para los investigadores, el cambio climático es la expresión de una crisis civilizatoria que profundiza la segregación. Desde la perspectiva de la climatología crítica, se apunta de forma directa a las responsabilidades históricas de Europa y América Anglosajona —a las que hoy se suma el Sudeste Asiático— en la creación de un escenario de vulnerabilidades asimétricas que golpea con mayor dureza al Sur Global.
Botana y Salaverry miran con desconfianza los discursos hegemónicos de la “transición energética” y las “energías limpias”. Sostienen que, bajo una narrativa verde y puramente técnica, los centros de poder global buscan reemplazar los combustibles fósiles (ante la volatilidad del petróleo) pero manteniendo intacto el modelo de acumulación, consumo y extractivismo.
“Bajo la promesa de descarbonizar el Norte Global, se profundiza la degradación y el sacrificio ambiental de los territorios periféricos”, advierten.
La infraestructura para la energía solar o eólica, el litio y el hidrógeno verde requiere de minería a cielo abierto, deforestación de bosques nativos y un uso intensivo de agua dulce en los países del Sur. Así, la atmósfera deja de ser un espacio físico neutro para convertirse en un territorio en disputa.
El riesgo no es un accidente geográfico
Bajo este análisis, el concepto de “riesgo” pierde su supuesta neutralidad. Una tormenta extraordinaria o una sequía prolongada se transforman en desastre solo cuando golpean un territorio previamente fragilizado por decisiones políticas y económicas. Los costos del colapso ecológico no se distribuyen de manera democrática: se reparten de forma colonial e injusta.
A esto se le suman fenómenos locales como las “islas de calor urbanas”: el cemento, la escasez de vegetación y la densidad de edificios provocan que las olas de calor sean exponencialmente más letales en los barrios más vulnerables de las grandes ciudades.
La frontera de los 1,5°C y el margen de acción
La pregunta es si estamos a tiempo. Los especialistas coinciden en que sí, aunque el margen se achica. El futuro inmediato requiere de dos vías urgentes, la mitigación (transición energética real, reforestación, cambios agropecuarios y movilidad sostenible) y la adaptación (rediseño de ciudades, mejora en la gestión del agua y sistemas de alerta temprana).
La conclusión que resuena en el ambiente de la UNLP es que la salida no es puramente tecnológica ni de mercado. Desarmar la paradoja de que los generadores de la crisis capturen el discurso verde mientras las periferias pagan los costos con sus bienes comunes es, en el fondo, una urgente batalla por la justicia social, ambiental y territorial.

