La carne vacuna volvió a ubicarse en el centro de la escena inflacionaria durante marzo, con aumentos de dos dígitos que no solo consolidan una tendencia alcista sostenida, sino que también anticipan un impacto significativo en el índice de precios al consumidor (IPC). Según el último informe del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina, los cortes registraron una suba promedio del 10,6% respecto a febrero, acumulando un incremento interanual del 68,6%.
El relevamiento, basado en más de 30.000 precios recogidos en el AMBA, Córdoba y Rosario, muestra que la dinámica de aumentos se aceleró en el primer trimestre del año. Luego de subas del 4,8% en enero y del 4,9% en febrero, marzo duplicó ese ritmo, profundizando la presión sobre el rubro alimentos, uno de los más sensibles en la canasta de consumo.
El fenómeno no se limita a la carne vacuna. En paralelo, el pollo fresco registró un incremento mensual del 10,9% y del 49,1% en comparación interanual, mientras que el pechito de cerdo subió 6,3% en marzo y 28,1% en los últimos doce meses. Sin embargo, por su peso en el consumo cotidiano, la carne vacuna continúa siendo el principal motor de la inflación alimentaria.
Uno de los aspectos más relevantes del informe es que los mayores aumentos se concentraron en los cortes más populares. La carne picada encabezó las subas con un 20,4%, seguida por la carnaza común (17,7%) y la falda (13,4%). También registraron incrementos significativos productos como las hamburguesas caseras (13,3%), la tapa de nalga (12,3%) y la tortuguita (12,2%). Esta dinámica impacta con mayor fuerza en los sectores de menores ingresos, que dependen en mayor medida de estos cortes para el consumo diario.

Diferencias según el canal de venta
El traslado de los aumentos al consumidor final también mostró diferencias según el tipo de comercio. En las carnicerías, los precios subieron un 12,2% mensual y acumularon un alza del 73,5% interanual. En los supermercados, en cambio, el incremento fue del 7,1% en marzo y del 57,9% en comparación con el mismo mes del año pasado.
Estas brechas generan variaciones en el poder de compra. De acuerdo al informe, con el valor promedio de un kilo de carne en supermercados se puede adquirir apenas 0,92 kilos en carnicerías. Además, existen diferencias puntuales por corte: mientras el lomo y la colita de cuadril suelen ser más caros en supermercados, otros como el asado, la falda o la carne picada resultan más económicos en grandes superficies.
En cuanto a los cortes parrilleros, el asado de tira subió 10,5% y la tapa de asado 10,9%, mientras que entre los cortes guiseros, más demandados en esta época del año, se destacaron el osobuco (11,7%), la paleta (11,2%) y el roast beef (11,1%).
La evolución de los precios también está vinculada al encarecimiento de la hacienda. En marzo, la carne de novillito aumentó 9,4%, la de novillo 12,8% y la de vaquillona y ternera 12,7%, lo que refleja el traslado de costos desde la producción hacia el mostrador.
Pero más allá de los números, el trasfondo expone un cambio profundo en los hábitos de consumo que dista de ser voluntario. En un país históricamente identificado por la calidad de su carne y por una cultura alimentaria que la tiene como protagonista, la caída del poder adquisitivo está empujando a los hogares a reemplazarla por alternativas más económicas. No se trata de una elección, sino de una restricción.
Mientras las exportaciones se mantienen en niveles elevados, el consumo interno muestra signos de deterioro, en una paradoja que atraviesa a buena parte de la economía argentina: productos de excelencia que ganan terreno en el exterior, pero se vuelven cada vez más inaccesibles puertas adentro. En ese contexto, las recientes declaraciones de Nicolás Pino, quien atribuyó esta transformación a un supuesto “cambio cultural”, contrastan con la evidencia que surge de los precios y los ingresos. Más que una mutación de hábitos, lo que se observa es una adaptación forzada por la pérdida de poder de compra.

