El cierre de la planta de Fate en San Fernando, con alrededor de 900 trabajadores despedidos, deja para el análisis bastante más que un problema de supervivencia industrial. Funciona como un hecho político concreto, visible e imposible de maquillar. Y pone sobre la mesa una pregunta incómoda para este momento que tiene aún esa herida abierta: ¿qué se votó cuando este modelo avisaba, sin eufemismos, que iba a ajustar?
No hay manera de saber a quién votó cada uno de los obreros que hoy quedaron en la calle. El voto es secreto y no existen datos que permitan cruzar empresa con preferencias electorales.
Pero el contexto existe, la historia también, y el correlato entre decisiones políticas y consecuencias materiales empieza a ser difícil de ignorar.
La bronca como motor del voto
Durante décadas, el trabajador industrial argentino se inclinó mayoritariamente por el peronismo. Quizás no únicamente por fidelidad sentimental. Tal vez por una lógica concreta. La industria nacional, el mercado interno, los convenios colectivos, las paritarias y el empleo. El sector del neumático encajaba de lleno en esa tradición.
En 2023, ese patrón se quebró. Una parte importante de la clase trabajadora acompañó a Javier Milei. Y seguramente no fue porque prometiera más producción (algo que, siendo sinceros, debe reconocerse que ni en campaña hacía el actual presidente), sino porque canalizaba enojo, hastío y ganas de castigar. El voto apareció como descarga emocional y no efectivamente como respaldo a un programa productivo.
El punto incómodo es otro. El programa estaba dicho con “pelos y señas”: Apertura de importaciones, fin de protecciones, ajuste, mercado como juez. Textiles, calzado, neumáticos. Nada oculto. El ajuste no fue una sorpresa. Quizás pareció, para muchos, como una “amenaza lejana”, irreal, pero inevitable frente a un presente que ya no cerraba.
El modelo en acción
Hoy el ajuste dejó de ser consigna. Se volvió despido. Se volvió portón cerrado. La planta de Fate bajando la persiana es el ejemplo que encaja con precisión quirúrgica en una combinación conocida como son apertura importadora, consumo en caída, costos dolarizados y ausencia de políticas activas para la industria. Nada que en Argentina no se haya visto antes.
En ese marco, el cierre ya no es una excepción, se trata de una consecuencia lógica. El ajuste, en este punto, parece funcionar exactamente como fue anunciado.
Eso no convierte a los despedidos en responsables de su situación. Pero sí deja al descubierto una contradicción política. ¿Está bien votar contra un gobierno para terminar respaldando y convalidando otro, cuyo esquema debilita al propio sector productivo?.
2025: la ratificación incómoda
Lejos de disiparse, la tensión persiste. En las legislativas nacionales de 2025, La Libertad Avanza y Fuerza Patria empataron en San Fernando con alrededor del 42% cada fuerza. Un equilibrio electoral llamativo en un distrito ahora golpeado por el cierre de una fábrica emblemática.
El dato sugiere algo más profundo ahora que el daño ya es visible, pero el apoyo no se derrumba. Persisten la desconfianza hacia el peronismo, el descreimiento al sindicalismo, y la idea de que “hay que aguantar”.
A ese cuadro se suma un dato que refuerza la tendencia. Un informe publicado ayer por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) advierte que desde las elecciones legislativas el ritmo de los despidos y los conflictos laborales se duplicó.
Se trata de la aceleración del ajuste sobre el mundo del trabajo, con cierres, suspensiones y tensiones gremiales que empiezan a multiplicarse en distintos sectores productivos.
Votar el ajuste
Hablar de autoflagelación puee sonar excesivo, pero la noción de crisis de representación resulta difícil de esquivar. Una parte del mundo del trabajo dejó de sentirse defendida por quienes históricamente decían representarlo y optó por un modelo que no tiene al empleo industrial entre sus prioridades.
El cierre de Fate termina funcionando como una postal de época, cuando quizás muchos votaron para romper lo fragilmente existente, y ahora descubren que las promesas libertarias de campaña eran ciertas. Entre esos escombros, probablemente también quedó sepultado el propio puesto de trabajo.

