Tras la encendida defensa de la senadora marplatense Fernanda Raverta sobre la necesidad de recuperar el complejo de Chapadmalal para el turismo social, el clima de respeto en el recinto bonaerense se rompió por completo. Fiel a su estilo histriónico y desbordado, la senadora Florencia Arietto (La Libertad Avanza) tomó la palabra para desviar por completo el eje del debate y desatar una ráfaga de acusaciones. “Están quemando gomas en San Nicolás peleando por fuentes de trabajo mientras Ariel Furlán se fumó la guita de la cuota sindical para comprar dúplex”, vociferó a los gritos, refiriéndose a un conflicto de la UOM, mostrándose completamente desencajada en su banca.
La respuesta no tardó en llegar y el encargado de recoger el guante fue el senador peronista Sergio Berni. Lejos de confrontar a los gritos, el exministro de Seguridad apeló a la ironía para desnudar el sinuoso recorrido político de la legisladora, quien años atrás se jactaba de su militancia ultrakirchnerista. Con tono socarrón, Berni encendió su micrófono y disparó directo a las contradicciones de la libertaria: “¿Qué quedó de esa compañera zafaronista, panelista de 678? ¿Dónde quedó?”.
La chicana fue un dardo letal que expuso los drásticos saltos ideológicos de Arietto, recordándole ante todos sus pares aquella época no tan lejana en la que defendía a capa y espada las doctrinas garantistas del exjuez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, y desfilaba por los programas insignias de la militancia K.
MAGARIO SIN AUTORIDAD Y UN CIERRE ENTRE RISAS
El comentario de Berni terminó de detonar la paciencia de Arietto. Totalmente fuera de sí, la senadora continuó gritando fuera de micrófono, señalando con el dedo y lanzando insultos al aire —“¡Sos un chanta!”, se le llegó a leer en los labios—, montando un espectáculo televisivo que desdibujó por completo la investidura de la Cámara Alta.

En el estrado principal, la vicegobernadora Verónica Magario expuso su falta de muñeca política para encarrilar el recinto. “Senador, senador, no… corten el micrófono”, atinó a balbucear con impotencia, intentando forzar el cierre del debate y la votación del expediente mientras el caos dominaba el hemiciclo.
La escena bizarra coronó un final insólito. Mientras Magario pedía silencio en vano y Arietto seguía vociferando, las cámaras captaron las sonrisas burlonas y las francas carcajadas de legisladores como Carlos Kikuchi y otros senadores de bancadas afines, quienes parecieron disfrutar del sainete. Entre gritos desenfrenados, recordatorios incómodos del pasado y risas cómplices, el Senado bajó el telón dejando una imagen para el olvido en la tercera sesión que tuvo mucho de ordinaria.


