En un ejercicio digno de una tesis de posgrado en la “Universidad de Disney”, el presidente Javier Milei volvió a las andadas. Este lunes, en un aula de la Universidad de San Andrés, además de dar una charla adoctrinatoria, realizó una exégesis de la cultura pop para elevar la figura de Don Diego de la Vega al panteón de la Escuela Austríaca.
Lo que para cualquier mortal es una serie de aventuras sobre un aristócrata con crisis de identidad, para la mirada clínica del mandatario es una “fabulosa lección de anarcocapitalismo”.
Milei, con su pedagogía que oscila entre el aula de economía y el stand-up, invitó a ignorar el antifaz para concentrarse en la “tasa de retorno”.
Adam Smith en Los Ángeles
Ante los alumnos que lo escuchaban, el Presidente explicó que El Zorro no luchaba por ideales románticos ni por un elemental sentido de justicia, sino para evitar que la calidad de vida de Los Ángeles cayera “sustancialmente”.
En el universo mileísta, el puerto de esa ciudad aun bajo dominio de España en el siglo 19, era un hervidero de intercambios donde los comerciantes llegaban con una “etiqueta en la cabeza” que decía: “traigo oro”. Eran, en términos técnicos del jefe de Estado, un “penal sin arquero” para los delincuentes.
Ahí fue donde la analogía empezó a adquirir vuelo propio. Milei sostuvo que si los forajidos triunfaban, la ciudad quedaba condenada a una “situación de autarquía” o a “vivir con lo nuestro”, esa pesadilla proteccionista que el libertario suele asociar con el rechazo a Adam Smith y al libre comercio.
Así, el héroe enmascarado dejaba de ser un defensor de los oprimidos para convertirse en custodio del flujo de mercancías.
En esa reinterpretación, el Zorro no se dedicaba a combatir injusticias sino a proteger el tamaño del mercado. Cuando el mandatario describió al personaje “cagándose a trompadas” con los delincuentes, la escena dejó de parecer salida de una serie de aventuras para transformarse en una clase de macroeconomía aplicada a la California colonial.
La espada de la productividad
Pero el verdadero antagonista en esta historia de capa y espada no era el típico bandido de caminos, sino el Capitán Monasterio.
Según la lectura presidencial, Monasterio representa al Estado, el aparato que le quitaba recursos a la población para enviarlos a España. El Zorro se transformó así en una especie de “proto libertario” que combate impuestos, burocracia y restricciones al comercio mucho antes de que existiera siquiera la palabra anarcocapitalismo.
Milei incluso vinculó la destreza con la espada con la célebre “fábrica de alfileres” de Smith, sugiriendo que la verdadera hazaña del héroe consistía en permitir la especialización, la división del trabajo y los rendimientos crecientes. Cada estocada, según esta interpretación, más que defender campesinos o plebeyos, buscaba sostener la productividad.
Entonces, la famosa “Z” marcada sobre la ropa de los soldados sería superior a la firma de un justiciero romántico. En la narrativa presidencial, funciona como el sello de garantía de una economía abierta que, a fuerza de espadazos, logra mantenerse a salvo de la voracidad fiscal y las tentaciones intervencionistas.
Una lectura tan profunda como extravagante, capaz de convertir una serie televisiva de 1957 en un tratado involuntario de libre mercado.
En la Argentina de Milei no parece alcanzar con discutir economía, porque ahora también hay que reinterpretar la infancia bajo los parámetros de la Escuela Austríaca.

