Miramos las llaves del torneo con la avidez y la cautela del náufrago. Hay que decirlo de entrada para no tentar a los demonios del fútbol: hablar de cruces futuros en este Mundial 2026 es un ejercicio de riesgo supremo, casi una irresponsabilidad. Para que este juego de la mente se vuelva realidad, primero la selección argentina tiene que sortear el durísimo escollo de la rocosa Suiza en cuartos, un equipo de esos que tejen una telaraña y no dejan jugar.
Y del otro lado, la sorprendente Noruega del cíclope Haaland, tendría que caer abatida con Inglaterra. Nada está dicho. Pero si esos dos milagros (?) futbolísticos ocurren, la hipótesis nos pondría frente a un “deja vú” incómodo: jugar una semifinal contra el país que hospeda los domingos a 6 de nuestras principales figuras.
El peso del pasado
Si se diera esa chance en el fixture, es inevitable que aparezcan los fantasmas. La memoria futbolera argentina es un músculo propenso al sufrimiento y, ante la sola idea de cruzarse con los ingleses, emerge de inmediato el recuerdo de Juan Sebastián Verón en aquel fatídico Mundial 2002. Por suerte, también el de Diego en el ’86.
El contexto de aquel equipo de Bielsa era el de un país en ruinas: la Argentina post 2001, la de la debacle social y económica, buscaba desesperada en el fútbol un anestésico, un éxito que aliviara tanto dolor. El fracaso posterior, de la peor forma y en primera ronda, transformó la desilusión en furia.
A la Brujita (único argentino en toda la Premier League de aquellos años, vistiendo la camiseta del Manchester United) le tocó el peor de los linchamientos morales. Se lo acusó, desde la sospecha bien criolla, de haber jugado a media máquina por cuidar sus intereses en el fútbol inglés, por la parsimonia al ejecutar un córner con el resultado adverso.
Lejos del mito persecutorio, el propio Verón reconoció el calvario físico de aquellos días: “Yo no llegué bien. Recuerdo que estando en Manchester pasaba un mes ahí y uno en Roma tratando de recuperar una lesión en el gemelo. Llegué con lo justo. Lo llevo como una cuestión que queda para gente que entiende poco de fútbol y se queda con 10 pases malos”.
La legión de la reina
Sin embargo, si jugamos a la hipótesis de que ambos superen sus dificilísimos partidos de cuartos, el panorama actual sería muy distinto.
En 2002, Verón era una excepción solitaria en una liga lejana. Hoy, la Premier League es el destino natural de nuestra élite. El Dibu Martínez es ídolo en Birmingham; el Cuti Romero impone respeto en Londres; Mac Allister es cerebro en Liverpool y Enzo Fernández maneja los hilos del Chelsea. Sumado a Lisandro Martínez en el United y Marcos Senesi en el Tottenham son media docena ahora los futbolistas del plantel actual nacional que juegan allí.
¿Es posible que se repita la historia de aquella lejana Asia de comienzos de siglo? Todo indica que este grupo tiene un blindaje de afecto con la gente que desarma cualquier sospecha. El hincha sabe que estos muchachos dejan la vida, jueguen donde jueguen.
El salto y la tribuna
Pero hay un rumor de fondo que siempre late. ¿Cómo repercute el eterno “el que no salta es un inglés” en ellos, que viven y trabajan allá?
Ese canto en un partido de mundial es pura descarga, una mezcla de folclore y heridas históricas que el jugador actual, con la cabeza del profesionalismo moderno, sabe separar.
Entienden que la tribuna vive el deporte con otra temperatura. El verdadero desafío de esta hipótesis no estaría en la cancha, sino en lo que vendría después.
El día después
Porque si la Selección lograra superar a Suiza y luego venciera en esa hipotética semifinal a los eternos piratas invasores, el regreso de los futbolistas a sus clubes ingleses podría ser complejo.
La liga de ese ex imperio respeta el talento, pero digiere mal la frustración. Si el Dibu repitiera sus habituales juegos mentales con los pateadores rivales, su retorno a los estadios locales post-mundial sería bajo un clima hostil.
Las secuelas de una eliminación así no se borrarían rápido; suelen quedarse flotando en el vestuario, latentes, esperando la vuelta a la rutina de la liga.
Suiza, primero. Después, si hay después, que empiecen a temblar Birmingham, Liverpool, Manchester, Londres y todas las demás ciudades de la isla prepotente. El mito que todavía sufre Verón no volverá a repetirse.

