En el marco de un repaso histórico sobre las horas más dramáticas de la política argentina, Felipe Solá se sentó en el estudio de Infocielo Play para reconstruir las razones que lo llevaron a declinar una posible candidatura presidencial en 2003. Con la honestidad que otorga la distancia temporal, el exgobernador de la Provincia de Buenos Aires explicó que su prioridad absoluta fue estabilizar un territorio que, tras la salida de Carlos Ruckauf, y en plena crisis social y económica, se encontraba en una situación de extrema vulnerabilidad institucional.
El eje central de su decisión radicó en una percepción de legitimidad. Según relató en el programa Parecemos Buenos Amigos, al momento de definirse las candidaturas nacionales, él apenas llevaba un año al frente del Ejecutivo bonaerense. “Me sentía suplente”, confesó Solá, al recordar que su llegada al poder no había sido producto de un voto directo como gobernador, sino de la línea de sucesión tras la crisis de 2001. Para él, era imperativo revalidar su mandato ante los ciudadanos bonaerenses antes de aspirar a una proyección mayor: “Recién en el 2003 fui a elecciones como gobernador y gané en septiembre”.
Esa necesidad de validación se cruzaba con una falta de oferta formal por parte del entonces presidente Eduardo Duhalde. Si bien en el mundillo político de la época circulaban nombres como los de Carlos Reutemann, José Manuel de la Sota o Néstor Kirchner, Solá aclaró que nunca existió una propuesta concreta: “No tuve una oferta concreta de Duhalde, una reunión donde yo le pudiera decir las dificultades y él me dijera las conveniencias”.
La ingeniería de Duhalde para frenar a la derecha
Uno de los puntos más reveladores de la entrevista fue el análisis de la estrategia electoral del peronismo para evitar el regreso de Carlos Menem o el triunfo de la derecha liberal. Solá calificó como una “excelente idea” la maniobra de Eduardo Duhalde de permitir que varios candidatos peronistas compitieran por fuera del Partido Justicialista —PJ—, sin llevar la simbología oficial en la boleta.
El temor de la cúpula política era que, si los votos peronistas se fragmentaban bajo un solo sello, se facilitara el ascenso de Ricardo López Murphy. “¿Cuál era el problema básico? ¿Quién llegaba segundo? Imaginate a López Murphy presidente en 2003”, señaló Solá, destacando que cualquier candidato que lograra entrar al balotaje contra Menem tenía la presidencia asegurada. En ese tablero de ajedrez, el gobernador prefirió no sumar más incertidumbre a una provincia que, en sus palabras, “quemaba”.
Finalmente, el factor humano y social terminó por sellar su permanencia en La Plata. Solá reflexionó sobre la responsabilidad de gestionar el Conurbano, un territorio que describió como un receptor de “capas geológicas de pobres” acumuladas desde el “Rodrigazo” de 1975, pasando por la hiperinflación de 1989 hasta el colapso de 2001.
Ante la falta de un vicegobernador consolidado —su potencial reemplazo era su amigo Corbata, exintendente de Pigüé, quien no estaba en condiciones de asumir la conducción provincial—, Solá optó por el pragmatismo de la gestión bonaerense sobre la aventura nacional. “¿Cuál es tu responsabilidad? ¿Ser presidente de la República o gobernar esta provincia?”, se preguntó, reafirmando que su compromiso histórico estuvo con el motor productivo del país en su hora más oscura.

