La elección interna del PJ bonaerense se convirtió, dentro de una agenda desolada, en el culebrón político del verano. La coreografía gastada de Axel Kicillof y Máximo Kirchner fingiendo disputarse la conducción del peronismo en el principal distrito electoral del país vuelve a repetirse, esta vez acompañada de algunos bostezos.
Para quienes la miran de cerca, el final es previsible: ambas estructuras terminarán llegando a algún tipo de entendimiento en el que La Cámpora obtendrá una ventaja que el axelismo intentará maquillar. Las apuestas corren a favor de nombres como Federico Otermín, intendente de Lomas de Zamora; Federico Achával, de Pilar; o Leo Nardini, de Malvinas, intendentes que respetan y dialogal con el Gobernador.
La autopostulación de Verónica Magario no logra consensos ni siquiera puertas adentro del MDF. Sólo la vicegobernadora parece tomárselo en serio, como les anticipó a sus militantes en un acto de cierre de año en La Matanza. Es extraño: ¿para qué quiere conducir el partido si no puede competir por la Gobernación?
Kicillof performó un tibio apoyo en la primera reunión política del año, pero no convenció a nadie. “Es que a La Matanza no le podés decir que no”, comentó entre risas un asistente al evento, traduciendo los rituales de la cultura política del distrito con el padrón más grueso de la Provincia.
El ala más radical del MDF —más que halcones serían alguna otra ave— propone una jugada más osada: que el propio Kicillof busque el “unicato” provincial. La posibilidad tiene sus ventajas: si se diera, el Gobernador ordenaría —por fin— su distrito, encaminaría una candidatura presidencial e incluso podría encarrilar su sucesión.
En los laboratorios de La Plata consideran que el nombre para quedarse con el sello del peronismo bonaerense es el del intendente Julio Alak. “El Turco quiere ser gobernador en dos años y Kicillof lo quiere ahí”, afirman en la ciudad de las Diagonales. Lo primero es cierto desde hace por lo menos tres décadas. Lo segundo habrá que probarlo con hechos.

Orden interno
Los socios “tierra adentro” esperan un gesto definitivo para decidir si merece la pena acompañarlo o no. Lo esperan, sentados en una mesa redonda, dirigentes como Gerardo Zamora, que en Santiago del Estero no sólo ordena la UCR, a la que pertenece, sino también el peronismo que lo acompaña. Algo parecido puede decirse de los Quintela, los Ziliotto y los Insfrán.
Ninguno de ellos es presidenciable, pero son clave para hacer caminar cualquier candidatura en sus territorios. Manejan un tipo de poder que no construyen aventureros ni advenedizos. Por eso demandan gestos políticos que demuestren que Kicillof una apuesta es segura.
Es cierto que desde hace quince días en el peronismo suenan tambores de guerra. El MDF mandó a armar en las secciones y en los distritos, en un movimiento parecido al que se dio en las horas previas al cierre de listas, cuando llegó a completar con candidatos propios todos los casilleros.
Ese 20 de julio, Kicillof tensó al máximo la cuerda hasta lograr un entendimiento con La Cámpora. Visto en retrospectiva, el resultado es más bien pobre. Hoy no tiene fuerza para imponer un jefe de bloque y le cuestionan hasta la línea sucesoria en el Senado. Es otro dato que quienes se entusiasman con un Kicillof presidente no toman a la ligera.
“Se están buscando los avales y la habilitación en todos los distritos para jugar”, confirmó una fuente del peronismo del interior. No es una jugada ofensiva, sino todo lo contrario: “Sin armado se lo van a fumar en pipa”, aclaró la misma fuente. “Si querés paz, preparate para la guerra”, escribió Flavio Vegecio Renato hace más de 1.600 años.
Kicillof podrá no tomar la posta, pero en varios distritos posiblemente haya confrontación. Unidad arriba y confrontación abajo, especialmente en los territorios que el peronismo no gobierna. De ahí la puntillosidad con la que se analizan los padrones y se discuten las reglas del juego. La política, para el peronismo bonaerense, sigue siendo un negocio chiquito.

