En DataJungla hablamos en varias ocasiones de libros históricos, por ejemplo El Loco Dorrego de Brienza o los del Colorado Ramos. En otra ocasión nos dedicamos a escritores que escriben fácil (lo cual es muy difícil) como Osvaldo Soriano, Raymond Chandler o Rodolfo Walsh. Hoy mezclamos. No es un libro de historia, sino una novela; no está escrito fácil, pero sí muy atractivo.
Hablaremos de “La Revolución es un sueño eterno”, gran libro de Andrés Rivera.
Andrés Rivera no se llamaba así, sino Marcos Ribak. Falleció en 2016 en Córdoba, donde fue a vivir sus últimos años, recluyéndose en una vida más comunitaria, incluso fundó una pequeña biblioteca. Había sido obrero textil y activo militante del Partido Comunista, del que también fue expulsado, los comunistas tienen esas cosas. Escribió mucho, más de 30 novelas. Poseía un estilo muy propio de escritura, sus novelas son relativamente cortas, toman como protagonistas a actores de nuestra historia, pero ojo, no se trata de la típica novela histórica, nada que ver, es literatura de la buena.
No pondríamos sus novelas en el anaquel de “novela histórica” sino en el de “literatura”, a secas.
Además de la que recomendamos hoy, mencionamos en la misma temática otros de sus grandes libros como “El Farmer”, donde cuenta los años Juan Manuel Rosas en el exilio; y “Ese Manco Paz”, dedicada obviamente a José María Paz.
“En cada libro que escribió Andrés Rivera –escribe Silvina Friera–, la literatura dialoga con la historia, con las luchas sociales y la militancia, con las tensiones irresolubles entre ideales y praxis política, con el erotismo como variante del poder, con la dignidad de los derrotados, con lo inexorable de la vejez y el extravío de toda esperanza, con la violencia y la derrota del mundo proletario; tópicos enhebrados para asediar críticamente el pasado desde el presente de una lengua que desmonta los mecanismos de dominación y arroja interrogantes como dardos en nuestra conciencia”.
La revolución es un sueño eterno
Vamos a “La Revolución es un sueño eterno”, novela de unas 170 páginas, que narra los últimos años del patriota Juan José Castelli, vividos en la enfermedad y la pobreza.
Dice Rivera: “leí, en el invierno de 1985, que Juan José Castelli, que fue llamado ‘el orador de la revolución’, tenía y murió de un cáncer en la lengua. ¿Parece que el doctor Sigmund Freud estaba por ahí, verdad? Bueno, ese dato mínimo disparó la novela”. Les dejo esta buena nota de Miguel Russo, en Revista Anfibia, donde traza la trayectoria vital de Rivera
Ironías del destino que en el mismo nacimiento de la Patria el orador de la Revolución de Mayo muera de un cáncer de lengua. Rivera cuenta sus últimos días de manera admirable. Dice Castelli en el libro: “me llamaron -¿importa cuándo?- el orador de la Revolución. Escribo: una risa larga y trastornada se enrosca en el vientre de quien fue llamado el orador de la Revolución. Escribo: mi boca no ríe. La podredumbre prohíbe, a mi boca, la risa”.
Andrés Rivera no escribe fácil
Al contrario de lo que decíamos cuando comentamos escritores “que escribían fácil”, Rivera tiene un estilo muy particular. Una construcción de las frases, que regresa, que juega con las repeticiones, con un ritmo que hace a sus textos extremadamente atractivos. Mientras se lee se disfruta ese estilo que remarca, va y viene, una literatura casi hecha para leer en voz alta.
En la novela, Castelli pasa sus últimos días en la pobreza, como su primo Manuel Belgrano. Está a punto de morir y escribe dos apesadumbrados cuadernos. Reflexiona sobre una revolución que peligra porque hay interesados en restaurar el orden previo: “frente a nosotros, militantes del desorden, son los partidarios del orden. De qué orden, preguntémonos. Del orden que perpetúa la desigualdad, como si el orden que perpetúa la desigualdad fuese un mandato divino. Sin monarca -y la Revolución no terminará, nunca, de agradecerle a Napoleón el destronamiento de Fernandito- son, ahora, los restauradores del orden monárquico. Conciben, lo escribí en algún papel, un vasallaje de vasallos sobre vasallos. Mi primo, Belgrano, no descubrió nada nuevo cuando dijo que no conocen más patria, ni más rey, ni más religión que su interés”.
Desalentado por una Revolución a la que dedicó su vida pero no se encamina hacia el destino soñado. Pobre y enfermo, Juan José Castelli, escribe para calmar la angustia a la que está sometido. Rivera transmite con increíble eficacia la dureza del momento y la desesperanza sobre el destino de la Revolución de Mayo.
“¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? -se pregunta Castelli-. ¿Qué derrotó a la utopía? ¿Por qué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía? ¿Escribo de causas o escribo de efectos? ¿Escribo de efectos y no describo las causas? ¿Escribo de causas y no describo los efectos?. Escribo la historia de una carencia, no la carencia de una historia”.
Una breve pero gran novela, que nos permite disfrutar de un estilo muy personal y al mismo tiempo meternos en la cabeza de uno de aquellos héroes de mayo. Siempre es placentero re-visitar a Rivera, que junto al placer de la lectura nos desafía al pensamiento. La novela cierra con una pregunta que nos interpela: “¿qué revolución compensará las penas de los hombres?”.

