El papelón de Florencia Arietto no admite demasiadas vueltas. En un video tan absurdo como inentendible, la senadora provincial celebró en su cuenta de Twitter, con tono infantil, el procesamiento de dirigentes de la AFA, cantando en loop “Justicia, justicia, justicia, perseguirás… la justicia llega” y rematando con un “Toviggino, Chiqui Tapia” que roza lo ridículo.
La escena, más cercana a un sketch bobo que a una intervención política, la expone tal como es, con una forma de comunicar que confunde la función pública con la búsqueda desesperada de viralización.
En paralelo, el trasfondo es de todo menos liviano. El procesamiento de Claudio Tapia y Pablo Toviggino por presuntas irregularidades financieras (con prohibición de salida del país incluida) sacude a la AFA en un momento delicado.
Están en juego el manejo de recursos, la conducción del fútbol argentino y la credibilidad de una estructura que atraviesa, otra vez, un tembladeral institucional.
Crónica de una obsesión
Lo que podría haber sido una oportunidad para fijar una posición política clara terminó diluyéndose en una intervención vergonzosa. Como de revanchismo personal.
Arietto no aporta datos, no explica, no profundiza: apenas se limita a una chicana de bajo vuelo. Un festejo como si fuera justamente un partido de fútbol.
En ese registro, el debate desaparece y es reemplazado por una lógica de estímulo inmediato, donde importa más el eco en redes que la consistencia del mensaje.
¿Estrategia o espasmo digital?
La pregunta es inevitable: ¿hay detrás de esto una estrategia o simplemente un impulso sin filtro? Porque si la intención era capitalizar políticamente un hecho de peso, el resultado fue exactamente el contrario.
Lejos de instalar una discusión seria, y generar identificación con quien la ve, esa escena de la senadora provincial termina degradando el tema y reduciéndolo a un intercambio de provocaciones.
El contraste es brutal. Mientras una causa judicial abre interrogantes profundos sobre el poder en el fútbol argentino, a días del Mundial, una representante pública, elegida por el pueblo responde con una puesta en escena infantil y vergonzante. En ese desfasaje, la política pierde densidad y se vuelve apenas ruido.

