Para miles de peatones y automovilistas que transitan a diario por el Camino General Belgrano, esquinas como la de la calle 531, en Tolosa, o la de 505, en Gonnet, son simplemente puntos de tránsito pesado, semáforos y ruidos de motor. Sin embargo, a centímetros de las ruedas de los autos y empotrados en las veredas, emergen unos bloques de granito gris, robustos y tallados a mano, que rompen la lógica del cemento moderno.
Lo que para muchos puede parecer un simple poste rudimentario para evitar que los vehículos se suban a la acera es, en realidad, un sobreviviente arqueológico de la infraestructura vial de la provincia de Buenos Aires: auténticos mojones que funcionaban como el “GPS de piedra” a principios del siglo pasado.
El origen del “Camino Afirmado”
Para comprender la presencia de estas estructuras de piedra en plena traza urbana actual, es necesario retroceder algo más de cien años. En las primeras décadas del siglo XX, los viajes entre los partidos del sur del Conurbano y la capital provincial, La Plata, representaban una travesía compleja marcada por las huellas profundas y el barro de los caminos de tierra.

Entre 1912 y 1916, el gobierno provincial llevó adelante la construcción de lo que se conoció como el “Camino Afirmado”. No se trataba del asfalto bituminoso que se conoce en la actualidad, sino de una extensión de 52 kilómetros pavimentada con adoquines de granito.
Para guiar a los pioneros automovilistas, a las pesadas carretas y a los primeros servicios de transporte de pasajeros, se colocaron estratégicamente unos 50 monolitos a lo largo de todo el trayecto. Su función era estrictamente operativa: marcar los kilometrajes y señalizar los desvíos clave del ramal, como el ingreso hacia la vieja estación de Villa Elisa o el cruce hacia Quilmes, evitando que los viajeros se perdieran en la inmensidad rural de aquellos años.
De Avellaneda a Gonnet: los puntos del mapa que resisten

Con el paso de las décadas, la velocidad de los motores modernos y las sucesivas capas de asfalto y hormigón fueron sepultando la traza original de adoquines. Muchos de los monolitos originales quedaron enterrados durante las obras de ensanche, otros fueron removidos por el avance de las edificaciones comerciales y varios sufrieron el vandalismo urbano. Sin embargo, el destino de estas piezas de granito picadas a mano no fue el mismo en todos los municipios.
El ejemplo más claro de preservación institucional se encuentra en el inicio mismo de la vieja traza: la Municipalidad de Avellaneda rescató uno de estos mojones históricos y lo resguarda en sus dependencias como una pieza de valor patrimonial que conecta directamente con los orígenes viales de la región.
En la región capital, en tanto, las estructuras persisten camufladas en el entorno público. Además del bloque que resiste en Tolosa (Camino Belgrano y 531), los registros históricos de investigadores locales que siguen el rastro de este antiguo ramal constatan la supervivencia de otro ejemplar clave en la intersección de Camino Belgrano y calle 505, en Gonnet. Al igual que el resto de los sobrevivientes, se mantiene firme frente a las inclemencias climáticas y el flujo diario del tránsito que se dirige hacia la zona norte o el centro platense.
Un rompecabezas patrimonial de 52 kilómetros
Según datos recopilados por historiadores regionales, existía una red precisa que unía Avellaneda con La Plata a través de Quilmes y los distintos pueblos que florecían a la vera de la ruta. Encontrar los bloques que aún quedan en pie se ha vuelto una tarea compleja de arqueología urbana.
Mientras algunos ejemplares persisten semiocultos entre la maleza de las banquinas menos transitadas de la región, otros quedaron atrapados dentro de los límites de propiedades privadas que se expandieron sobre la vieja línea municipal. El avance de la infraestructura moderna representa una amenaza constante para estos últimos vestigios de 1916, abriendo el debate sobre la necesidad de señalizarlos y protegerlos de manera formal.

