Martín Alegre, de 38 años, boxeaba de manera amateur cuando un accidente de moto en La Plata cambió el rumbo de su vida. Hace 11 años se quebró ambas piernas y una muñeca; le colocaron clavos y tornillos, y varios médicos le anticiparon que podía quedar rengo o incluso paralítico. “Estaba muy triste. Me quería ir de este mundo. Sentía que estaba completamente solo”, reconoce sobre esos meses.
El apodo “Látigo” ya lo acompañaba de antes: se lo pusieron arriba del ring, cuando boxeaba. Después del accidente, un amigo lo convenció de probar con el atletismo. No fue instantáneo: corría con zapatillas convencionales y, según cuenta, si largaban mil personas, terminaba entre los últimos.
El día que cambió las zapatillas por alpargatas
El quiebre llegó hace poco más de seis años, durante una carrera de aventura con barro y caminos rurales en La Plata.
Ese día decidió calzarse las alpargatas que usaba a diario para trabajar en el campo, en lugar de las zapatillas deportivas. El resultado lo sorprendió a él mismo: le fue muy bien, empezó a ganar carreras y nunca más volvió al calzado técnico.
Desde entonces compite con boina, bombacha de gaucho, pañuelo y alpargatas atadas con hilo común para que no se salgan en el barro.
De Ranchos a La Plata, y de La Plata al campo
Alegre nació en Ranchos, partido de General Paz, en una familia de siete hermanos marcada por la distancia y las changas. “Mi viejo se iba a otro país a trabajar y mi mamá se tuvo que ir con mis hermanas a La Plata por trabajo. Nosotros nos quedamos en Ranchos y nos criamos como pudimos”, cuenta.
Mientras el padre buscaba changas fuera del país y la madre se instalaba en la ciudad con las hijas mujeres, Alegre y sus hermanos varones quedaron a cargo de sí mismos en el pueblo. “Trabajábamos desde muy chicos, repartiendo pan, vendiendo diarios, huevos y cosas de campo. Comíamos cosas de la calle. Fue una infancia bastante dura”, recuerda.
Con el tiempo toda la familia terminó reunida en La Plata, ciudad donde Alegre vivió durante años, boxeó, tuvo el accidente que casi lo deja en silla de ruedas y descubrió, ya en su etapa de atleta, la fórmula que lo hizo conocido. Hace cinco años dejó la ciudad para instalarse en un campo de Chascomús, al que bautizó “La Tapera”.
El presente: Mundial, sin sponsors y a puro guiso
Ese look inconfundible no le impidió alcanzar un nivel competitivo alto: corre pruebas de 6 a 21 kilómetros entre calle, trail y aventura, y en marzo se consagró campeón argentino, resultado que lo clasificó al Mundial de Montaña disputado en República Checa, donde fue el mejor atleta nacional.
Todo sin sponsors: financió el viaje vendiendo rifas, lechones, quesos y huevos de campo, con la ayuda de vecinos de Chascomús. Entrena a distancia con Rosario, su profesora hace seis años, después de cumplir cada mañana las tareas de la chacra.
Su alimentación tampoco sigue ningún manual deportivo: nada de geles, suplementos ni planes nutricionales. Come lo que sale de la olla de su casa (guiso, puchero, estofado, empanadas) incluso la víspera de una carrera importante.
Infocielo ya había contado en 2025 la historia de resiliencia de Alegre a través del running. Lo que se conoció después, de su propia voz, confirma que el quiebre y la reconstrucción de su historia tienen a La Plata como escenario central: el accidente, los años de recuperación y el día en que decidió calzarse las alpargatas para siempre.
“Yo un día estaba bien y al otro me quebré las dos piernas. Por eso hay que vivir el hoy”, resume el “Gaucho Runner”.

