Las críticas fueron frontales, durísimas y con un destinatario claro: el presidente Donald Trump y la deriva autoritaria de su administración. En declaraciones públicas difundidas este domingo 25 de enero, Barack Obama y Bill Clinton acusaron al actual gobierno de empujar a Estados Unidos hacia un clima autocrático, con fuerzas federales actuando sin control, bloqueando investigaciones y desacreditando pruebas visibles.
Para ambos ex presidentes, lo que ocurre en Minneapolis es más que un exceso aislado, se trata de la consecuencia directa de un poder que desprecia los límites democráticos.

Obama fue contundente al definir el asesinato de Alex Pretti como una tragedia personal y, al mismo tiempo, como una alarma nacional.
Advirtió que, bajo el gobierno de Trump, los agentes del grupo caza inmigrantes, llamado ICE, dejaron de operar de forma legal y coordinada con autoridades locales para imponer una lógica de ocupación federal. “Eso no es lo que estamos viendo en Minnesota. Estamos viendo exactamente lo contrario”, señaló, en una acusación directa al relato oficial.

Deriva autoritaria
Bill Clinton fue todavía más explícito. Habló de escenas “horribles” e incompatibles con cualquier democracia: ciudadanos detenidos sin garantías, manifestantes pacíficos reprimidos y un Estado que insiste en negar hechos comprobables.
En ese marco, apuntó sin rodeos a la Casa Blanca por los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti, una ciudadana y un ciudadano estadounidense, asesinados a sangre fría a manos de agentes federales durante operativos del ICE.
Según Clinton, la administración Trump evitó imponer controles, y que eligió escalar el conflicto, además de obstaculizar investigaciones locales. Para el ex mandatario, pedirle a la sociedad que no crea lo que ve con sus propios ojos es un rasgo inequívoco de espíritu antidemocrático.

“Si renunciamos a nuestras libertades después de 250 años, puede que no las recuperemos jamás”, advirtió, referenciando el aniversario de 2 siglos y medio que este 4 de julio se cumplirán de la Independencia de aquel país.
Una nación al borde
Las declaraciones llegan tras semanas de tensión creciente en Minneapolis. Redadas con agentes encapuchados, tácticas intimidatorias y choques con autoridades estatales y municipales configuraron un escenario de confrontación permanente.
Obama recordó que incluso ex funcionarios del propio Departamento de Seguridad Nacional de la primera administración Trump calificaron estos métodos como ilegales y humillantes.
Lejos de corregir el rumbo, el presidente profundizó la confrontación. Obama y Clinton denunciaron que Trump y su entorno ofrecieron explicaciones públicas sin sustento, desmintiendo registros audiovisuales y desacreditando testimonios.
“Nos dicen que no creamos lo que vemos con nuestros propios ojos”, resumió Clinton, señalando una práctica típica de gobiernos que ya no aceptan controles.
En medio de las protestas, surgió una anécdota que condensó el clima social. Algunos manifestantes jugaron con los apellidos de las víctimas (Pretti y Good, que suenan como “lindo” y “buena” en inglés) para subrayar la ironía brutal de dos vidas truncadas por un Estado que dice proteger. No fue humor: fue una forma de resistencia simbólica frente a la violencia institucional.
Ambos ex presidentes coincidieron en que la salida no es la militarización ni la negación de los hechos. Llamaron a trabajar con el gobernador Tim Walz, el alcalde Jacob Frey y las policías locales, y a frenar una dinámica que empuja al país hacia una fractura profunda. “Esto tiene que parar”, reclamó Obama, en una frase que resume el límite político y moral del momento. Y lo que en redes ya anuncian como un posible desenlace de guerra civil.
Mientras tanto, Minneapolis sigue en las calles. Las protestas pacíficas, lejos de ser el problema, aparecen como la última defensa activa de la democracia.
En el actual contexto de represión creciente y discurso oficial cada vez más beligerante del presidente Trump aliado del libertario Javier Milei, el temor a una guerra civil latente deja de ser una exageración retórica y empieza a colarse como advertencia real en el debate público estadounidense.

